GEOPOLíTICA
27 de octubre de 2026
Lo que se hereda no se elige, pero se administra
"La herencia recibida" es el argumento más viejo de la política. Sin inventario, es relato. Botswana, con el kgotla y los diamantes, muestra que se puede administrar bien.
En cada apertura de sesiones, la palabra "herencia" aparece en el mismo lugar: justo antes de anunciar lo que no se va a poder hacer. Sirve para deslegitimar al anterior y para justificar la inacción propia. Pero la herencia no es un bloque homogéneo: tiene al menos cuatro capas — material, institucional, cultural y política— y decir "la herencia" sin decir qué se heredó es una forma de no rendir cuentas.
El caso argentino es el más reciente. El ajuste de Milei se justifica por "la herencia" del gobierno anterior, pero el propio gobierno deja la suya: una SIDE ampliada, un DNU de inteligencia, una lista negra de ONGs y una dependencia estructural de aliados externos.
La retórica oficial no siempre mide el costo de lo que deja. En agosto de 2026, Milei calificó a estudiantes, docentes y periodistas como "terroristas disfrazados". Esta es una herencia cultural: desconfianza hacia la accountability.
El contraste está en Botswana. Al independizarse en 1966 era uno de los diez países más pobres del mundo. Creció un 9,2% anual entre 1966 y 1996, según el UNDP, y evitó la "maldición de los recursos" que devastó a otros países africanos productores de petróleo o minerales.
La clave fue institucional: el kgotla, una asamblea comunitaria que funcionaba como espacio de deliberación y rendición de cuentas. La Constitución de 1966 le dio un lugar formal. Seretse Khama, hijo de un kgosi, lo usó como mecanismo de legitimación.
La Ley de Minas y Minerales de 1967 otorgó al Estado los derechos sobre el subsuelo. Sobre esa base, Botswana negoció con De Beers la creación de Debswana en 1969, una empresa conjunta 50-50. Capturó una parte sustancial de la renta diamantífera y la invirtió en infraestructura, salud y educación. No inventó instituciones de la nada: tomó lo que tenía, lo adaptó y lo puso al servicio de un proyecto nacional.
En Ucrania, Zelensky no heredó la guerra: heredó el Donbás sin resolver y Minsk incumplido. Deja una crisis demográfica sin retorno —de 41,2 a 28,5 millones—, una deuda que condiciona la reconstrucción y la posible cesión de territorio si se formaliza el congelamiento.
La cuestión no es qué heredamos. Sino qué estamos dejando. Y esa respuesta no la vamos a encontrar en el relato: hay que buscarla en el inventario.
Por Sandra Sosa.
Lee la nota completa ingresando en https://contrapunto-sandra-sosa.blogspot.com/2026/10/la-herencia-como-categoria-politica.html
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