RINCóN LITERARIO
23 de agosto de 2026
¿Qué lugar me podrá hacer olvidar mi rincón preferido?
El escritor argentino Juan José Saer se fue a vivir a Francia, abandonando su Santa Fe natal, en 1968. Pero volvía siempre a su ciudad. Y una vez, estando en Santa Fe, un día de verano escribió: ¿Qué lugar habrá en el mundo, para que yo quiera, nudo de deseo y de nostalgia, estar en él y no aquí?
Daniel Bruno Remis también se interroga como lo hiciera Saer. E intenta dar respuesta al deseo y a la nostalgia.
¿QUÉ LUGAR ME PODRÁ HACER OLVIDAR MI RINCON PREFERIDO?
Las casas bajas de Urquiza, tenían olor a tostadas y a churrascos. Tenían el color gris que adoptan los frentes viejos, esos de piedra que no se pintan y en los cuales el deterioro se acentúa. Allí estaba la puerta del paraíso, que me permitía ingresar a cualquiera de las dos casas, la de los abuelos y la de mis padres.
Veranos en la calle y ausencia de cerrojos, todas las casas eran una especie de sucursales del mismo club. Pantalones cortos y pelota y el parque enorme y con lago justo en la vereda de enfrente. El croar de los sapos y los renacuajos en primavera acaparaban nuestra atención y de manera infantil los depredábamos.
Los sapos blanco de nuestras piedras, los renacuajos negritos y resbalosos eran capturados en frascos limpios y llevados a casa. Entonces los depositábamos en cajas de madera, con fondo de arena y una piletita que alguna vez había sido una lata de conservas. La vegetación era alpiste robado a algún canario, que rápidamente crecía. Allí los veíamos cambiar día a día hasta ser señores sapos.
Pensando de esta forma, parece que no puede haber otro lugar al que añorar donde estar, pero ¿ese lugar está? ¿existe? ¿Es un barrio o es mi infancia lo que atesoro?
Ahora pienso y sueño en lagos, montañas, nieve y pinos, cabañas con hogar a leña y caminatas. El lago Lacar (será porque lo quiero tanto) se ve siempre distinto y hermoso cualquiera sea nuestra vista, en la costanera o en la montaña. Añoro caminar por su orilla ente gaviotas y bandurrias. Las gaviotas se escapan de nuestra senda, las bandurrias más sociales se quedan y se dejan admirar y fotografiar. Ya no es tan agreste como antes, pero sigue siendo el mismo aunque los halconcitos acompañen a los turistas en busca de un mendrugo. El pueblo invita a un café y chocolates, cuadraditos, artesanales, sin envoltorio.-
Añoro este lugar donde transité, ya de adulto con mi mujer y mis hijos chicos, riéndonos y subiendo senderos. Lugar que vio a los pibes crecer y, que hasta sus veinte, nos veía juntos, Ahora van solos. No hay día que no piense en abrazarme a su espíritu de paso cansino y voces quedas, mutar de turista a pueblerino, pero hay demasiadas cosas que no se pueden llevar, la risa con amigos, los abrazos, los hijos.
¿Puede uno vivir sin sus hijos? Ellos si pueden vivir sin nosotros. Me asalta el miedo que al trasladarnos mi mujer y yo, al poco tiempo, vencido el ensueño, nos demos cuenta que al estar solos San Martín sería solo un paisaje.
Y no hay paisaje que pueda colmar a una persona, si no tiene toda su historia al alcance de la mano.
DANIEL BRUNO REMIS
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