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RINCóN LITERARIO

21 de junio de 2026

El mudo de Ansó

Existen integrantes, en casi todas las familias, que podrían protagonizar una novela, o un cuento. Personajes con espesa y verdadera carnadura literaria que merecen el destino abierto de la literatura. Patricia Marvisi relata una historia familiar, donde el protagonista contiene el silencio y el misterio del origen.

El mudo de Ansó

Poco pudimos saber de él, solo que era eléctrico, flaco y alto como una vara, de mirada profunda y oscura, y una abundante cabeza rizada.

Cómo llegó al valle aragonés y de dónde había venido, todo eso quedó en el misterio.

La pareja que lo acogió lo hizo sentir hijo y hermano de los dos muchachos. Así completaban una familia de cinco personas. Esa era la familia de origen de mi madre y la mía propia.

Los tres jóvenes tenían edades cercanas, catorce y quince años los hermanos y el nuevo integrante oscilaba en esa franja o un poco más.

Compartían juegos y travesuras en aquel lugar de trabajo duro para sobrevivir.

Pero también un lugar donde jugar era una forma de vivir hasta para los más viejos.

Los tres pastores corrían al río después de ocuparse de las cabras, a tirar piedras al cauce o corretear entre pinares y álamos para ver quién llegaba primero.

¿Por qué el mudo era mudo?

Que había nacido así, que alguien lo estiró de las patas mientras dormía y el susto lo enmudeció, que horribles pesadillas lo habían dejado en silencio.

Mucho se especulaba y nada se sabía.

Él respondía al misterio con saltos, acrobacias, sonrisas, carcajadas guturales o algo parecido.

Se había ganado un lugar y un afecto que no eran silenciosos, pero no todo era placidez.

A menudo el frío y el hambre amenazaban. El mudo no sabía quejarse y tampoco podía, ni siquiera traducir queja alguna a su rostro siempre amable.

Aunque de vez en cuando corría enloquecido hasta San Pedro Apóstol, la iglesia del valle. Y trepaba a riesgo del castigo del cura y lograba colgarse del campanario hasta que el badajo repicaba una y mil veces.

No era una travesura, no. Lo hacía con alegría, no para desafiar al cura, que estaba siempre con una vara en la mano.

El alboroto desencadenaba que alguien ágil y rápido fuera a buscarlo.

Qué querría expresar, qué le obligaba a gritar a las campanas lo que él no podía, nadie llegó a saberlo nunca y es probable que él tampoco.

Fuera de esos disturbios, la vida corría, y corrió hasta el día en que los hermanos tuvieron que irse. Uno cruzó la frontera con Francia y el otro, mi abuelo, viajó escondido en un barco rumbo a la Argentina.

El mudo se quedó solo sin sus compañeros de correrías, sin los que lo buscaban al escuchar las campanas. Solo para cuidar de los viejos y de la única fortuna, unas pocas cabras, para disimular la hambruna con sonrisas fingidas, para esperar el deshielo. Y esos regresos qué nunca ocurrieron.

Solo para ser ese hijo necesario, único y más mudo que nunca.

PATRICIA MARVISI

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