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25 de enero de 2026

Había una vez…

Esta humana costumbre de tomar una historia clásica, y volver a contarla cambiando el argumento, o agregando personajes o modificando el escenario donde ocurren los hechos o las verdaderas motivaciones de los protagonistas, es un ejercicio creativo casi tan viejo como el mundo, con decirles que los griegos ya lo hacían hace casi 3000 años.
Hoy, Eduardo Guerra vuelve a contarnos El flautista de Hamelin, un viejo cuento de los Hermanos Grimm.

Había una vez…

…hace mucho tiempo, en un lugar de Alemania llamado Hamelin, un músico que andaba con una furgoneta toda ploteada que decía: JOHANN EL FLAUTISTA, CONTROL DE PLAGAS.

El negocio funcionaba más o menos bien, y le permitía solventar los gastos de su otra pasión: tocaba la flauta en la banda sinfónica del pueblo. 

En una ocasión la ciudad sufrió una tremenda invasión de ratas, y las autoridades acudieron a solicitar los servicios de Johann, quien no tuvo otra alternativa que aceptar la convocatoria y encarar la resolución del problema.,

Johann notó inmediatamente que las cantidades de veneno para ratas que tenía no iba a alcanzarle, además de saber que, por más “atracción sexual” que el producto garantizara, los bichos estaban ya avivados, y no iba a funcionar. Había que inventar otra cosa.

Con el cerebro a mil, se acordó de aquello de “la música amansa a las fieras”, pensó que la única cosa más fiera que una rata, es un montón de ratas, y sabiendo que éstas no saben nadar, se las llevó al río atrayéndolas con la música de su flauta, que a partir de este hecho fue considerada mágica. Por supuesto, las ratas murieron ahogadas.

Cuando Johann intentó cobrar al municipio la factura por los servicios prestados, se encontró con que lo sometieron al desgaste de una peregrinación burocrática digna de futuros tiempos. 

Después de varias semanas de infructuosas gestiones, decidió abandonar la tarea, y pasar esos importes al rubro pérdidas de su economía. Al mismo tiempo, consultó a una afamada bruja que vivía en el bosque cercano, para que le ayudara a reponerse del disgusto.

Parece que lo logró, porque cuentan los paisanos del lugar que comenzaron a oír nuevamente el sonido de la flauta, cada vez con más frecuencia, cada vez con más intensidad, cada vez más cerca del centro del poblado, hasta el día en que todos los niños del pueblo lo rodearon, cautivados por la magia de su música. 

Entonces el flautista comenzó a caminar, siempre  seguido por ellos, y mientras continuaba tocando, se perdieron  en el horizonte para siempre.

                                                                            

EDUARDO GUERRA

 

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