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RINCóN LITERARIO

30 de noviembre de 2025

Las casas

La casa como sujeto literario, todo un clásico. En este relato de Eduardo Guerra, aparecen casas famosas, con mucho prestigio, pero la que habla es una casa de barrio, una más entre tantas, una de esas viviendas elegantes que se construían en la segunda o tercera década del siglo pasado. Ha llegado la hora del golpe de piqueta final, pero algo curioso va a suceder…

Las casas

Soy una de ellas… A través de los tiempos, nos han adjudicado, casi siempre sin razón, injustamente, distintas capacidades, distintas propiedades, distintas debilidades…

Con excepción de los paisanos del campo bonaerense, (y de otras regiones nuestras), que cuando dicen “me voy pa´las casah”, (así, con la s aspirada en lugar de la s final), están expresando su placer por el retorno al hogar, al fin de la jornada de trabajo, a las casas como sujeto literario, como motivo de escritura, nos han tratado bastante mal, según parece.

Vimos destruirse y caer a la Casa Usher, enredada en una descripción lúgubre, funesta, de su desenlace, por el sólo hecho de no soportar más el paso del tiempo, y con él, el desgaste de las estructuras que le habían dado esplendor en otras épocas.

Leímos acerca de la Casa de Asterión, el Minotauro, (curiosa asociación de términos antiguos y contemporáneos: el mino tauro, hombre toro), un tipo muy abierto, sin puertas ni cerrojos, cuya vivienda pretendía ser el mundo entero, y allí pasaba, ocurría, todo lo que ocurría en el mundo…Un egocéntrico, bah.

Y en este tema de “las casas”, (¿por qué se meterán siempre con nosotras, digo?), aparece la “Casa tomada” de Cortázar, donde los propietarios, acostumbrados a la comodidad de recibir sus dineros “de los campos”, sin hacer ningún esfuerzo por ganarse el sustento, terminan abandonando la propiedad en manos de supuestos ”ocupas”, porque tal es su incapacidad para defenderla.

Soy una de ellas…, fui una de ellas. Fui, por ese mandato ancestral de los inmigrantes italianos, (aunque también los españoles comulgaban con la idea), el seguro de vida, la garantía del buen pasar a futuro, el cobijo indiscutible ahora, la herencia para los hijos después.

Y desde esa concepción, soy y fui, naturalmente “el mundo todo” de quienes me habitan, en tanto propietarios.

No hay error: soy y fui, en lugar de fui y soy. Soy todo eso como concepto, pero fui en la realidad, estructuralmente, una belleza edilicia que se deterioró gradualmente y sucumbió, con los años, para terminar en demolición y proyecto de edificio.

Solo que…mi estructura era como la casa de Cortázar, y tantas otras de ese tiempo, a la que se entraba por un zaguán, con su “puerta de calle “al frente y su “puerta cancel” al final, hacia el interior. 

Durante la demolición, los operarios fueron tirando paredes y quitando aberturas, hasta que sólo permanecía en pie la “puerta de calle”, firme, sólida, resistente… y era como que nadie se le animaba, nadie quería acometer el ataque que la derrumbara.

Y allí estaba la puerta, mi puerta, erguida e inexpugnable.

Una tarde, un vecino que pasaba frecuentemente por allí, intrigado por el misterio, se animó a meterse en el terreno, tanteó el picaporte, abrió la puerta y entró.

Para no volver a aparecer, nunca jamás.

 

EDUARDO GUERRA

 

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