RINCóN LITERARIO
20 de septiembre de 2026
Negro Rada
El miércoles 26 de agosto murió Rubén Rada, prócer de la música uruguaya y referente, a la vez, del rock nacional. Tenía 83 años. En octubre tenía planificado tocar con Totem, su banda de los ‘70.
Graciela Sáez, vivió sus años de infancia y juventud en Montevideo. Aquí está su homenaje
Negro Rada
Murió el Negro Rada. La noticia cayó como un golpe seco, se replicó de boca en boca, en las redes, en las radios y televisores. Se sintió como un enorme silencio, una tristeza que lo invadía todo, y por todos lados se escuchaba su propia frase ¿quién va a cantar?
Rubén Rada me acompañó siempre. Lo escuché por primera vez, siendo ambos muy jóvenes, en una obra teatral sobre Malcom X, en el Teatro El Galpón de Montevideo.
Su canto era una especie de alarido, ese grito de los negros que con el tiempo, tanto en el norte como en el sur, se convirtió en música. Luego lo vi en Buenos Aires, en Hair, cantando junto a La Tribu, como él sabía hacerlo.
La vida lo llevó de la Argentina a México, en tanto que a mí me había traído a Buenos Aires, pero su música, el candombe, vino conmigo, como con tantos uruguayos. En un principio fue lo único que podíamos traer con nosotros. Él, junto a otros tantos músicos y cantores del pueblo, pusieron a la vez alegría y nostalgia a los que tuvimos que abandonar nuestra tierra. Acá y en cualquier lugar del mundo.
Cada vez que tocaba, traté de verlo. Recuerdo cuando en un teatro de la calle Corrientes, al finalizar, bajó con los tambores y salimos a la calle detrás de él y sus músicos, todos bailando. Porque el Negro Rada era el candombe, era la cadencia de los tamboriles y era la danza. Con él aprendimos que el cuerpo cobra vida, sin prejuicios, sin culpa, cuando el ritmo se apodera de él.
Pero también aprendimos que el repiquetear de los tambores es la historia del dolor de un pueblo esclavizado, que se toca con alegría. El candombe no es solamente un festejo, es también una forma de resistencia. Así nació, y continúa siéndolo.
Rada fue un gran músico. Atravesó el tiempo y las fronteras, desafió las reglas, cruzando géneros y estilos. Con su voz inconfundible, única, improvisaba con gracia, con total libertad, como solo un gran artista puede hacerlo. El candombe fue su cuna, su esencia, y con ella marcó cada canción, pero no se ató a nada. Podía cantar un tango con entonación maleva o hacer a los gritos una versión propia de Granada. Mezcló lo español con lo rioplatense con exquisita naturalidad. Le dio su tono a la murga, al rock, hizo jazz con los grandes, incursionó en el pop y hasta en el trap, con más de 80 años.
Esa fría noche de agosto, en que partió, pudo convertir su propia muerte en una fiesta. Los tambores sonaron como nunca lo habían hecho, retumbando en el Barrio Sur y en todo Montevideo, ahuyentando la tristeza, desafiando el olvido, llenando de llenando de música el vacío que dejaba y haciéndolo inmortal en el alma der su pueblo.
GRACIELA SÁEZ
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