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Milei intenta tapar la crisis de Adorni con Santilli, pero la interna sigue abierta

Por: Carlos Rodriguez

Después de sostener durante meses a un funcionario acorralado por la Justicia y el Congreso, el Gobierno reemplazó a Manuel Adorni por Diego Santilli. La Casa Rosada busca cambiar la agenda, pero el escándalo expuso contradicciones, peleas internas y una gestión cada vez más debilitada.

Javier Milei y Karina Milei intentaron cerrar de apuro una de las crisis más desgastantes del Gobierno con la designación de Diego Santilli como nuevo jefe de Gabinete, tras la salida de Manuel Adorni, acorralado por una investigación por presunto enriquecimiento ilícito y por la presión creciente del Congreso.

El recambio fue presentado como una “transición ordenada”, pero llegó después de meses de contradicciones, defensas públicas imposibles de sostener y un oficialismo que quedó atrapado en la agenda negativa de la corrupción, justo cuando pretendía mostrarse como una fuerza distinta a la política tradicional.

“Aquí, junto al nuevo Jefe de Gabinete de Ministros, Diego Santilli, y la Secretaria General de la Presidencia, Karina Milei, delineando los fundamentos para una transición ordenada del cargo”, escribió Milei en sus redes sociales junto a una foto tomada en la Quinta de Olivos.

La imagen buscó transmitir control, pero terminó funcionando como la postal de un Gobierno obligado a improvisar una salida después de haber defendido durante más de tres meses a un funcionario cuya situación política y judicial se había vuelto insostenible.

Adorni dejó la Jefatura de Gabinete luego de un largo escándalo por su crecimiento patrimonial, sus viajes, sus gastos y las inconsistencias señaladas en sus declaraciones. Milei, que hasta pocos días antes aseguraba que lo sostendría mientras no hubiera una condena judicial, terminó aceptando una renuncia que en la práctica fue una salida forzada.

La explicación oficial volvió a apuntar contra los medios de comunicación. El Presidente sostuvo que Adorni decidió irse para “proteger a su familia” del supuesto asedio de la prensa, un argumento que ya había utilizado en otras crisis para evitar reconocer el costo político de sostener funcionarios cuestionados.

Sin embargo, el problema central no fue la cobertura periodística, sino la acumulación de datos que el exjefe de Gabinete nunca logró explicar con claridad. La causa por presunto enriquecimiento ilícito avanzó, el Congreso comenzó a empujar pedidos de interpelación y hasta los aliados del oficialismo dejaron de mostrarse dispuestos a pagar el costo de defenderlo.

La llegada de Santilli busca darle al Gobierno el “músculo político” que Milei admitió necesitar. El hasta ahora ministro del Interior fue elegido por su vínculo con gobernadores y por su experiencia para negociar con sectores que la Casa Rosada necesita en el Congreso.

“Diego tiene mucho oficio político y es una forma de volver a darle aire a la gestión para las cosas que tenemos que seguir haciendo, más allá de que ya cumplimos casi todo lo que prometimos”, dijo Milei, en una frase que intentó exhibir fortaleza pero dejó en evidencia el desgaste de una administración que necesita oxígeno político apenas atravesada la mitad de su mandato.

El desembarco de Santilli también confirma otro retroceso del relato libertario. El Gobierno que llegó prometiendo terminar con la “casta” ahora recurre a un dirigente de largo recorrido en el PRO para ordenar una gestión paralizada por internas, denuncias y derrotas políticas.

El Ministerio del Interior volverá a perder rango y quedará subsumido dentro de la Jefatura de Gabinete, una decisión que muestra el desorden con el que el oficialismo modifica estructuras según la urgencia de cada crisis.

Santilli agradeció la confianza de Javier y Karina Milei y afirmó: “Asumo el desafío más importante de mi vida con el compromiso de seguir trabajando para que este Gobierno siga haciendo historia. Creo en los proyectos colectivos, no en los individuales. Por eso voy a trabajar en equipo, junto a un gran gabinete encabezado por el Presidente con una visión clara y la determinación necesaria para sacar definitivamente a la Argentina del pozo en el que la dejaron”.

También prometió avanzar con “las reformas estructurales que la Argentina necesitaba hace décadas”, el mismo paquete de medidas que el Gobierno busca empujar en el Congreso pese al deterioro social, económico y político que atraviesa el país.

Mauricio Macri salió rápidamente a celebrar la designación. “Hoy hablé con Diego Santilli previo a su reunión con el presidente. Me dijo que iba a ser designado como nuevo jefe de Gabinete. Celebro esa decisión”, publicó el expresidente, en un intento de mostrar que el PRO conserva capacidad de presión sobre la Casa Rosada.

La lectura dentro del oficialismo, sin embargo, es más compleja. La salida de Adorni y el ascenso de Santilli no cierran las internas: apenas las reordenan. El sector de Karina Milei y los Menem sigue enfrentado al de Santiago Caputo, que volvió a quedar golpeado por una decisión tomada lejos de su influencia.

Caputo había imaginado otros nombres para la Jefatura de Gabinete, pero otra vez perdió terreno frente a la hermana del Presidente y al dispositivo político que responde a los Menem. La interna quedó expuesta incluso en redes sociales, donde el asesor presidencial lanzó un mensaje cargado de reproches hacia sectores del propio oficialismo.

Patricia Bullrich también buscó ubicarse en el nuevo escenario. La senadora celebró la llegada de Santilli y afirmó: “Muchos éxitos en este nuevo desafío, Colo. Vamos a acompañarte desde el Congreso para estar a la altura del cambio que eligieron los argentinos. Si queremos cambiar el país de verdad, teníamos que dejar de lado las distracciones y discutir las leyes importantes que impulsa el Presidente”.

Su mensaje tuvo varias lecturas. Por un lado, acompañó el recambio. Por otro, dejó claro que la permanencia de Adorni se había convertido en una “distracción” para la agenda legislativa del Gobierno. En los hechos, Bullrich fue una de las dirigentes que más empujó para que el jefe de Gabinete dejara el cargo.

El sábado, Milei no tuvo más margen y terminó cediendo a las presiones internas y externas. El exjefe de Gabinete simuló una renuncia, pero su salida se decidió cuando ya era evidente que sostenerlo podía arrastrar al Gobierno a una derrota mayor en el Congreso.

El oficialismo había intentado blindarlo durante semanas, pero la maniobra solo profundizó la crisis. Mientras la oposición impulsaba pedidos de interpelación, los libertarios defendían a un funcionario cada vez más cuestionado y dejaban de lado otros temas de la agenda legislativa.

La definición llegó con Milei fuera del país y terminó de ejecutarse a su regreso. El Presidente, que había prometido sostener a Adorni hasta que la Justicia lo declarara culpable, cambió de postura en cuestión de días y aceptó su salida sin reconocer el fracaso político de esa defensa.

La agenda inmediata del Gobierno muestra que la crisis no terminó. Milei viajará a Paraguay para participar de la cumbre del Mercosur y luego a Estados Unidos para pasar el 4 de julio cerca de Donald Trump, mientras Karina Milei intentará ordenar a diputados y senadores libertarios en la Casa Rosada.

El objetivo será avanzar con reformas estructurales y proyectos clave, entre ellos el llamado SuperRIGI, que ya obtuvo aprobación en Diputados pero todavía debe atravesar el Senado.

Santilli tendrá que asumir en medio de ese clima, con la obligación de recomponer puentes con gobernadores, disciplinar a una tropa parlamentaria desordenada y responder a la conducción real de Karina Milei, que conserva el poder decisivo dentro del Gobierno.

La jura del nuevo jefe de Gabinete fue prevista para el martes, aunque el escenario político sigue cargado de incertidumbre. Como secretario del Interior aparece Gustavo Coria, mientras que Ignacio Devitt podría convertirse en vicejefe de Gabinete.

El recambio también dejó en evidencia el fracaso de la estrategia comunicacional oficial. El nuevo vocero, Adrián Ravier, tendrá la tarea de intentar instalar los supuestos logros de gestión en conferencias de prensa semanales, pero deberá hacerlo después de una crisis que mostró a un Gobierno más preocupado por defender a los propios que por dar explicaciones.

Ravier escribió que estaba “entusiasmado de poder trabajar juntos en esta nueva etapa” y agregó que los equipos de Adorni y Santilli iniciarían una “transición ordenada”. La insistencia en esa idea contrastó con el caos político de las últimas semanas.

La defensa final de Milei sobre Adorni volvió a quedar floja. El Presidente sostuvo que sigue confiando en su “inocencia”, insistió en que el exfuncionario “no está condenado” y apuntó contra quienes, según él, se “jactan de republicanismo” pero continúan en sus cargos pese a estar denunciados.

“Manuel consideró que era mucho el embate. El ataque de los medios fue encarnizado”, afirmó Milei, una explicación que volvió a cargar la responsabilidad sobre el periodismo antes que sobre las contradicciones patrimoniales del propio funcionario.

El Presidente también habló de amenazas contra la familia de Adorni, aunque no presentó pruebas. Luego volvió a cuestionar a los medios y lanzó: “Adorni se contradice según lo que ustedes dicen que dijo. Si la justicia determina que es inocente va a mostrar lo mal y horrible que trabajan los medios de comunicación”.

La frase resumió la estrategia oficial: negar el problema, culpar al periodismo y correr el eje de una investigación que golpeó de lleno sobre el discurso moral del Gobierno.

La salida de Adorni y la llegada de Santilli buscan cambiar la conversación, pero no borran lo ocurrido. Durante meses, la Casa Rosada sostuvo a un funcionario bajo sospecha, gastó energía política en blindarlo y terminó aceptando su desplazamiento cuando el costo ya era demasiado alto.

El Gobierno intenta ahora relanzarse con un dirigente del PRO en un cargo central, pero lo hace desde una posición defensiva, atravesado por internas, con desgaste parlamentario y con una agenda pública marcada por aquello que más prometía combatir: la sospecha de corrupción, el encubrimiento político y la falta de respuestas claras.

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