RINCóN LITERARIO
17 de mayo de 2026
Envejecer en la Argentina
Simone de Beauvoir escribió alguna vez que había envejecido a la francesa, sin alarde y sin ruptura, apenas dejando que el tiempo se asentara. Lucía López Rodríguez escribió este relato, donde, desde una poética de lo cotidiano, da cuenta de cómo es envejecer en la Argentina.
Envejecer en la Argentina
Don Mario cumplió 70 años.
Se despertó temprano, no por disciplina, sino porque su espalda ya no negocia con el sueño.
Caminó hacia la cocina, abrió la heladera y se quedó mirándola con expectativa y un poco de resignación. Había medio limón, una botella de soda sin gas, y un tupper con un guiso del día anterior.
Bueno, dijo en voz alta, podía haber sido peor, si se cortaba la luz justo hoy que cobro la jubilación.
Se hizo un mate. Antes era un ritual en familia, o con amigos. Ahora es una conversación íntima entre él y sus recuerdos. Mientras cebaba prendió la radio. Las noticias hablaban de lo mismo de siempre: inflación, precio del dólar, huelgas. Don Mario asentía con la cabeza, como confirmando su teoría personal que en la Argentina, uno envejece más por las noticias que por los años.
A las ocho salió a hacer trámites, no había urgencia, pero sí una necesidad existencial de hacer fila en algún lado, para sentir que todavía pertenecía a una estructura organizada.
En la cola del banco, un joven se quejaba mirando el celular, con el dedo moviéndose a la velocidad de su ansiedad.
-Esto es eterno - dijo el chico sin levantar la vista.
Mario lo miró con ternura, observando esas manos jóvenes que no sabían lo que era esperar, sin una pantalla de por medio.
-Eterno es esperar que te cubra la obra social, o que atiendan un reclamo en la municipalidad. Esto es sólo una pausa.
El joven sonrió incómodo, y por un segundo soltó el teléfono como si acabara de ver un reflejo de su propio futuro, en los ojos del viejo.
Al salir del banco se cruzó con Marta. Su vecina: viuda, independiente, experta en sobrevivir con dignidad.
-¿Cómo estás, Mario? -dijo ella, acomodándose la bolsa de los mandados en el antebrazo, mientras lo miraba sobre el marco de sus modernos anteojos de sol.
-En oferta, Marta, pero sin compradoras.
-Ah, bueno - rio ella- entonces estás mejor que muchos.
Se quedaron charlando en la vereda, ese espacio sagrado donde en la Argentina se discute de todo, desde política internacional hasta el precio de los tomates.
Recordaron épocas mejores, y ambos coincidieron en que no podrían vivir en otro país.
Porque envejecer en la Argentina es un deporte extremo, pero tiene sus ventajas. Nunca te aburres. Siempre hay una crisis nueva que te hace olvidar la anterior.
Al anochecer se sentó en el sillón.
En el televisor pasaban un programa de concursos donde jóvenes felices ganaban electrodomésticos. Él ya los tuvo, los reparó mil veces, y no los usa.
Se levantó con esfuerzo, hundió el interruptor dejando la sala a oscuras, y se fue a dormir pensando -Mañana será otro día, no mejor, no peor.
Otro.
Y que logre ser otro, ya es un regalo.
Se durmió con esa mansa serenidad que a veces suele otorgar -como un don- la experiencia.
Saber que nada funciona del todo, pero todo sigue funcionando igual.
LUCÍA LÓPEZ RODRÍGUEZ
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