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EL RECOPILADOR

3 de abril de 2025

De mitos y leyendas: Cerro Trompul: Tierra de Araucanos.

Por: Francisco Álvarez (El Recopilador)

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Halladas a la vuelta de una esquina.

    Sabido es que moluches -guerreros-, integraban las naciones que habitaban a ambos lados de la cordillera de los Andes, “desde los confines del Perú hasta el estrecho de Magallanes”.  Los conquistadores españoles empezaron a nombrarlos con un apodo: araucaes  -rebelde, alzado, salvaje o bandido- y araucanos, voz derivada de aucani que significa alzarse,  aplicada a los animales y después a aquellos hombres, adoptándose así una evidente actitud despectiva.    

No se sabe cuándo, ni quién contó por primera vez entre los moluches sureños (que en realidad eran hombres buenos -cume huentu eng’n- decididos a defender sus derechos)- que un koná -joven- se había enamorado de Hormiga negra -la hija del cacique-, sin saber que también la pretendía el hechicero Cuervo Negro.

Como en aquellos tiempos ya se tenían en cuenta los beneficios que podían significar esas uniones, es probable que el cacique hubiera preferido apoyar al brujo porque así, se sentiría más protegidos del “ser maligno”. Sin embargo, la tradicional costumbre era que el casamiento se efectuara por compraventa, “como que el marido compra su mujer a los parientes más cercanos y no pocas veces, a precio bien subido en abalorios, cascabeles, ropa, caballos u otra cosa que entre ellos tenga valor.”    

Así fue como el cacique llamó al joven pretendiente y le propuso que buscara los tesoros escondidos bajo el volcán. Hormiga Negra se enteró de la intención de arrojar grandes piedras apenas hubiera descendido al fondo del volcán para que no pudiera regresar y le advirtió al joven que abandonara ese propósito. Al día siguiente algunos se sorprendieron al verlo nuevamente entre los toldos y uno le ofreció un agasajo como reconocimiento a su valentía. Desconfiaba el koná y decidió cubrirse con un grueso manto de piel de tigre para participar en ese encuentro, de modo que fracasó la segunda trampa porque pudo comer sin lastimarse, a pesar de las flechas envenenadas que habían puesto en el asiento que le reservaron. Insistía el hechicero con astucia y le propusieron que ahuecara un árbol que almacenaba agua y después sacara las patatas que allí estaban guardadas.  Enseguida el jovencito dijo que cumpliría ese mandato con alegría, porque había aprendido de su bisabuelo que el agua que brota de los árboles sana la piel y previene los achaques de la vejez.  Al escuchar el hechicero esa revelación, se arrojó al hueco intentando que desaparecieran sus lesiones y su vieja ronquera. Enseguida el koná movió algunas cuñas y ahí quedó atrapado el caynie (cayñe), su enemigo. Así fue como el cacique estuvo convencido de su valentía y aprobó el casamiento de su hija.

Desde entonces, algunos hombres del sur dicen que cuando se siente tronar desde el fondo del Cerro Trompul es porque el brujo sigue clamando por su resurrección.   

Los hechiceros…

 -Es interesante tener en cuenta que, en aquellas naciones, “los hechiceros son de los dos sexos. Los hechiceros varones tienen que abandonar (por decirlo así) su sexo y vestirse de mujer y no se pueden casar, aunque a las hechiceras o brujas se les permite esto. La separación para este oficio se hace en la niñez, y siempre se da la preferencia a aquellos que en sus primeros años dan señales de un carácter afeminado. Desde muy temprana edad visten de mujer y se les entrega un tambor y las sonajas propias de la profesión que será de ellos. Los epilépticos y los atacados del mal de San Vito son desde luego seleccionados para ese destino, como designados por los demonios mismos, porque los creen poseídos por ellos y a ellos atribuyen las convulsiones y retortijones tan comunes en los paroxismos de la epilepsia.”]

 

 

Fuente:    https://sepaargentina.com/2020/06/02/leyendas-en-el-crepusculo/#Toc86472507

 

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