GEOPOLíTICA
19 de octubre de 2026
El rostro nuevo, el mismo rumbo: Eisenkot podría suceder a Netanyahu sin cambiar el rumbo
El desgaste del primer ministro hace posible una transición, pero el general que lidera las encuestas no propone un giro: propone una cara nueva para las mismas políticas.
A una semana de las elecciones del 27 de octubre, Benjamín Netanyahu llega en su posición más débil en una década. Las encuestas de Zman Yisrael del 15 de octubre dan a Yashar, el partido de Gadi Eisenkot, 26 escaños, frente a 20 del Likud. El bloque opositor suma 54 escaños; el oficialista, 49. Ninguno alcanza los 61 necesarios para gobernar. La transición es posible. Pero no implica un cambio de rumbo.
El desgaste de Netanyahu es acumulativo. La Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra él por crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza; 125 países están obligados a detenerlo si ingresa a su territorio. El 24 de septiembre, 77 delegaciones abandonaron la Asamblea General de la ONU durante su discurso. En junio concluyó su testimonio por corrupción tras 98 audiencias, y en noviembre de 2025 solicitó un indulto presidencial sin haber sido condenado. El presidente Isaac Herzog pospuso la decisión.
El actual ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, quien también encabeza el partido Poder Judío, dijo en agosto “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando entre 30 y 40 personas cada noche”, “Hay personas allí que no merecen vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”. La ONU calificó sus palabras como “incitación a crímenes atroces”. Ben Gvir y Bezalel Smotrich, sus aliados de extrema derecha, se niegan a fusionarse para las elecciones. El “mago” que los unió en 2022 ya no tiene truco.
Eisenkot, exjefe del Estado Mayor entre 2015 y 2019, lidera Yashar con un discurso más moderado en el frente internacional. Su plataforma propone destruir el brazo armado de Hamás en 18 meses, “ya sea mediante una operación basada en el plan del presidente Trump aceptado por el Gobierno de Netanyahu, o bien mediante el uso de capacidades militares y operativas”. También promete una comisión que explique el fallo de inteligencia del 7 de octubre y respalda ciertos asentamientos en Cisjordania. No propone la creación de un Estado palestino.
Lo que no cambiaría con Eisenkot, según los analistas, es la política de fondo: los asentamientos se mantendrían, la campaña militar en Gaza continuaría con ajustes tácticos, la negativa a un Estado palestino seguiría en pie y las operaciones en Líbano, Siria e Irán conservarían la misma lógica estratégica. La diferencia sería de retórica y de posición internacional, no de dirección.
La paradoja israelí es que la guerra que sostiene a Netanyahu también lo aísla. Cada operación militar amplía su base electoral, pero profundiza su aislamiento. Eisenkot no necesita la guerra para proyectar seguridad: ya tiene el currículum. Su credibilidad como exjefe del Ejército le permite presentarse como un líder fuerte sin campaña permanente. La transición no cambiaría la guerra, pero cambiaría la forma de venderla.
¿Israel podría desprenderse del desgaste de un líder sin renunciar al proyecto que ese líder encarnó? La respuesta, según el escenario Eisenkot, es que sí. Se puede cambiar el rostro sin cambiar el rumbo. Se puede dejar atrás a Netanyahu sin dejar atrás su proyecto. Esa es la paradoja de esta elección: la derrota de un líder no es la derrota de una política. Es solo la sustitución de quien la ejecuta.
Por Sandra Sosa.
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