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15 de junio de 2026
Murió Taty Almeida: la madre que transformó el dolor en una lucha incansable por Memoria, Verdad y Justicia
A los 95 años falleció la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora. Buscó durante más de cinco décadas a su hijo Alejandro, desaparecido en 1975, y se convirtió en una de las voces más firmes y queridas del movimiento de derechos humanos en la Argentina.
La presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, Taty Almeida, murió este domingo a los 95 años, luego de permanecer internada durante casi tres semanas en el Hospital Italiano. Referente histórica de la defensa de los derechos humanos, dedicó gran parte de su vida a exigir justicia por la desaparición de su hijo Alejandro y por los miles de hombres y mujeres víctimas del terrorismo de Estado.
Su historia cambió para siempre el 17 de junio de 1975. Ese día vio salir de su casa a Alejandro, de apenas 20 años. Lo último que escuchó fue una frase que la acompañaría durante el resto de su vida: “mamá, ya vengo”. El joven nunca regresó. Desde entonces comenzó una búsqueda que se extendió durante casi 51 años y que convirtió a aquella maestra de barrio, criada en una familia de tradición militar, en una de las figuras más emblemáticas de la lucha por Memoria, Verdad y Justicia.
Lydia Estela Mercedes Miy Uranga había nacido el 28 de junio de 1930. Todos la conocían como Taty. Hija de un teniente coronel del Ejército y criada en un entorno conservador, pasó su infancia recorriendo distintas ciudades del país hasta que su familia se instaló definitivamente en el barrio porteño de Belgrano.
Se recibió de maestra y a los 21 años se casó con Jorge Almeida, con quien tuvo tres hijos: Jorge Martín, Alejandro Martín y María Fabiana. Tras su separación, en 1970, comenzó a trabajar como secretaria y encuestadora para sostener económicamente a la familia.
Alejandro, que estudiaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo, fue secuestrado nueve meses antes del golpe de Estado de 1976. La desaparición del joven marcó el inicio de un camino de dolor, pero también de compromiso político y social para su madre.
Durante años golpeó las puertas de militares y funcionarios buscando respuestas. Acudió a conocidos de su familia vinculados a las Fuerzas Armadas y llegó a entrevistarse con algunos de los hombres más poderosos de la época. Nunca obtuvo información sobre el destino de su hijo.
Con el tiempo encontró refugio y compañía en las Madres de Plaza de Mayo. Su incorporación no fue inmediata. Temía ser rechazada debido a sus vínculos familiares con sectores militares. Sin embargo, cuando ingresó por primera vez a la Casa de las Madres y vio las fotografías de cientos de desaparecidos comprendió que su tragedia formaba parte de una tragedia colectiva.
A partir de entonces su vida quedó ligada para siempre a la lucha por los derechos humanos. En 1979 denunció la desaparición de Alejandro ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y, tras la recuperación democrática, aportó su testimonio a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas.
Con los años se convirtió en una de las voces más reconocidas del movimiento. Su presencia en marchas, actos y actividades públicas fue constante. Defendió la necesidad de recordar a las víctimas del terrorismo de Estado y sostuvo que la represión ilegal había comenzado antes del golpe del 24 de marzo de 1976, una afirmación que surgía de su propia experiencia personal.
“Yo me siento parida por Alejandro. Me bajó de esa burbuja en la que toda la vida había vivido. Y estoy muy orgullosa de que él haya sido quien me parió. Yo era una gorila fatal. Me afeité. Todo eso fue después de lo de mi hijo”, había contado en una entrevista.
Taty nunca dejó de buscar. Tampoco abandonó la esperanza de encontrar algún rastro de Alejandro. Solía repetir que su mayor deseo era recuperar aunque fuera un hueso de su hijo para poder despedirlo.
Una de las huellas más profundas que Alejandro dejó en su madre apareció después de su secuestro. Entre sus pertenencias encontraron una poesía que parecía anticipar su destino. En ella escribía una emotiva despedida dirigida a su madre y expresaba su amor, su compromiso con la libertad y la convicción de que parte de su vida seguiría presente en sus compañeros.
Aquellos versos la acompañaron durante décadas. También alimentaron la certeza de que la mejor forma de honrar a su hijo era continuar luchando.
Desde 2024 presidió Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora. En los últimos años fue una de las principales impulsoras de la articulación entre organismos de derechos humanos y participó activamente de la organización de las movilizaciones del 24 de marzo.
Lejos de la solemnidad, cultivó una imagen cercana y cálida. Era conocida por su carácter fuerte, su sentido del humor y una energía que sorprendía incluso a quienes compartían con ella largas jornadas de militancia. Repetía con frecuencia que “no nos han vencido” y reivindicaba la alegría como una forma de resistencia.
En abril de este año recibió el título de doctora honoris causa de la Universidad de Buenos Aires, uno de los reconocimientos que más la emocionaron. Rodeada de su familia, celebró el homenaje como una muestra de que la lucha por los derechos humanos seguía vigente.
“Quisiera que me recuerden con mi carácter –chinchuda–, con mis discusiones y con esa alegría de vivir. Y esa alegría dársela a la que está caída por algún motivo”, expresó tiempo atrás.
La noticia de su fallecimiento generó numerosas muestras de pesar. “Luchadora incansable que honraste la vida”, escribió Cristina Fernández de Kirchner. Desde Abuelas de Plaza de Mayo señalaron: “Taty querida, donde estés, con tu hijo Alejandro, descansando al fin en paz, queremos decirte que acá las locas seguimos de pie, y somos millones”.
Las Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora también la despidieron con un mensaje cargado de emoción: “Gracias por enseñarnos que amar es resistir, que la única lucha que se pierde es la que se abandona y que no existe fuerza más grande que la del amor”.
Sus restos serán velados en la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina. Por expreso deseo de su entorno, se pidió que quienes quieran homenajearla colaboren con el sostenimiento del organismo que presidía en lugar de enviar flores.
La muerte de Taty Almeida deja una profunda huella en la historia argentina. Durante más de medio siglo transformó una tragedia personal en una causa colectiva y se convirtió en una de las voces más firmes contra la impunidad. Su figura permanecerá ligada para siempre a la búsqueda de los desaparecidos y a la defensa inclaudicable de la memoria.
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