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19 de abril de 2026

EL DIVORCIO

En los últimos años se han producido cambios culturales inesperados en nuestras sociedades, impulsados por el cambio tecnológico. Podríamos hablar de “la vida después de Internet” o “de la vida después del Whatsapp, después de Instagram, y quién sabe cuántos “después de” nos esperan a la vuelta de la esquina. Daniel Bruno Remis reflexiona sobre una de esas pérdidas irreparables: la lectura del diario en papel.

EL DIVORCIO

La vida nos tiene acostumbrados a cambios constantes. Súbitos algunas veces. Hoy vivimos inmersos en una tecnología cada vez más difícil de manejar. Voy a dejar de lado la tecnología y sus avances en todos los campos y centrarme en lo cotidiano.

Todos y cada uno de sus logros nos condicionan en sociedad y nos hacen más o menos dependientes de ellos y otras veces nos hacen abandonar viejas amistades, desgastadas por el uso. Quién no recuerda haber dejado de lado los vinilos rayados y darle la bienvenida al casette, al que también le llegó su hora cuando apareció el Disco Compacto. Cada uno de ellos parecía la perfección. Hoy están en desuso todos. Elmovimiento y la adaptación es constante.

Pero si tengo que hablar de mi vida “después de” y elegir un escalón tecnológico para destacar, voy a hacerlo con la Internet y sus hijos naturales. Y no por los logros que nos brinda -que me brinda- que son muchos, sino por sus daños colaterales irreparables. Esta tecnología que día a día nos permite trabajar en casa o en la oficina y efectuar presentaciones como ésta en lugares remotos, sin siquiera vestirnos con decoro, que nos permite efectuar pagos, comprar objetos y explorar un mundo ajeno, ha cobrado muchas víctimas, y yo soy una de ellas. 

Internet provocó un divorcio en mi vida. Es simple de entender aunque para mí no sé si es fácil de explicar. Trataré.

Imagínense una persona que antes de la gran pandemia, trabajaba toda su mañana en la calle. Deambulando. A veces cerca del Obelisco. A veces en nuestra zona. Con frio en invierno, calor en verano y mojado los días de lluvia. Era allí cuando a eso de las 11,30 me urgía buscar reparo. Pero no de un techo. No bien conseguía un hueco en las obligaciones, me zambullía en el bar, entraba como en mi casa, miraba a todos. Saludaba y buscaba. Dejaba mis cosas en la mesa y buscaba.

Miraba al mozo y le preguntaba levantando ligeramente la cabeza. El ya sabía lo que quería y me hacía señas de tranquilidad. Me hacía saber que todo estaba bajo control.

Me sentaba y esperaba. A los pocos minutos aparecía en mi mesa el milagro:  un “cortao en jarrito” y el diario, doblado, ajado, sucio de varios desayunos, con migas de medialunas. Insustituible. El placer de solo tocarlo, oler su tinta, abrirlo, sacudir sus basuritas y comenzar la lectura mientras revolvía el café. Cada uno de ellos potenciaba al infinito el sabor y el amor del otro. Primero los chistes, luego si había tiempo el horóscopo. Después el futbol. Todo el futbol. Agotada esa instancia, respiraba hondo y pasaba a las noticias, las nacionales primero, y el resto después. 

Tanto ensueño, tanto embrujo se extinguió. Ya no tengo los dedos manchados de tinta. Ese matrimonio se divorció porque los alcanzó la modernidad. Yo me sigo viendo con el café, cotidianamente. Con el diario hablo por el teléfono, pero no es lo mismo, ya no tiene letras grandes. Ese amor que me abrazaba hoy está divorciado y yo  lo extraño.

DANIEL BRUNO REMIS

 

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