EL RECOPILADOR
10 de marzo de 2025
Así era el matrimonio civil en Roma

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Halladas a la vuelta de una esquina.
En Roma, existían tres formas de matrimonio:
Iustae nuptiae / Concubinato / Contubernium
En realidad, la última no tenía muchas consecuencias legales: el contubernium era la unión sobre todo sexual entre dos esclavos heterosexuales, siempre que fuera autorizado por el amo o los amos. Bajo la manumissio, podían aspirar al concubinato.
Hablemos un poco de las otras dos modalidades. En esencia, eran prácticamente lo mismo: unión de un hombre y una mujer con fines de reproducción, en donde ambos debían intentar forjar un mismo camino y guardarse fidelidad. Ni siquiera tenían que firmar nada si no lo deseaban, y los divorcios eran muchísimo menos engorrosos que hoy en día, al menos durante la Roma pagana: bastaba con tomar tus cosas e irte si ya no aguantabas más a tu pareja.
Pero las iustae nuptiae tenían un carácter mucho más oficial y ofrecían derechos especiales (de sucesión, alimentación…), por lo que era necesario cumplir algunos requisitos ante un magistrado para que esta modalidad tuviese validez. Éstos eran:
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Que ambos sean ciudadanos romanos.*
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Sexualmente capaces, porque el fin del matrimonio es procrear. Por ello, los eunucos permanecían solteros. La infertilidad e impotencia eran otros problemas importantes para casarse de este modo. Pero esto también evitaba los matrimonios infantiles.
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Que tuviesen el consentimiento de sus respectivos patresfamilias.* Recordemos que antes de casarse, los hijos eran propiedad de sus padres. No obstante, si los padres no daban una buena razón para oponerse al matrimonio, los jóvenes enamorados podían acudir a un magistrado para que les ayudara.
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Naturalmente, que no estuviesen ya casados*. Roma era una sociedad estrictamente monógama. Pero como ya dijimos, divorciarse era pan comido, por lo que podías tener muchas parejas si las ibas abandonando una tras otra. Eso sí, sólo una a la vez. San Jerónimo llegó a citar el caso de una mujer que fue la esposa #21 de su marido #23. ¡Esta gente no perdía tiempo!
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Que no haya parentesco sanguíneo entre ambos enamorados: usualmente se dispensaba el cuarto grado. Durante la época cristiana tampoco podrían casarse ahijado/padrino, ni entre adfines (cuñados, concuños…). Tampoco entre adoptado y adoptante aunque el vínculo estuviese ya disuelto.
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Mismo rango social. De verdad, esto era una ley. Una persona pobre no podría casarse con una rica. El emperador Justiniano tuvo que abolir esta incómoda ley después de encapricharse él mismo con una cirquera.
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Si un profesor deseaba casarse con una alumna, debía esperar a terminar por completo su tutelaje y rendir cuentas al padre (como a los 15 años).
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Los soldados no podían casarse por justas nupcias, pero (y aquí desmentimos el mito), sí que podían casarse en concubinato.
*Los puntos 1, 3 y 4 aplican también para el concubinato.
En cuanto a los beneficios del iustae nuptiae, por el que casi toda la gente de bien quería aspirar de todos modos, podemos contar algunos:
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Podías exigir fidelidad, las aventurillas de tu pareja constituirían un delito. La mujer se llevaba la peor parte porque podía traer ilegítimos a la casa.
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La mujer tenía el derecho (y bueno… también la obligación) de vivir en la casa de su marido y ser mantenida por él.
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Tus hijos caerían indiscutiblemente sobre tu entera patria potestad.
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Si eras un senador o posees alguna profesión de prestigio, tus hijos tendrían un rango especial sólo por serlo.
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Si eres mujer y enviudas, tienes derecho a los bienes intestados del finado.
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Mejores oportunidades de alcanzar un puesto público de peso. Igualito a hoy en día, que se le sigue dando publicidad al político “casado correctamente y padre de familia”.
El concubinato (que no hay que entenderlo con la definición peyorativa de nuestros días) tenía idéntica validez en Roma, y mucha gente que no alcanzaba a cumplir todos los requisitos de las nupcias justas (o no quería heredar nada) optaba por esta vía para consolidar su familia. Después de todo, todo mundo debía aspirar a casarse más temprano que tarde. El concubinato no era motivo de vergüenza ni tenía por qué ocultarse ante nadie.
Los romanos contemplaban la idea de la separación de bienes. Si una mujer poseía un patrimonio propio, era su derecho decidir manejarlo ella por su cuenta, o bien encargar al marido de administrarlo. También podían casarse por mancomunidad completa, aunque en este caso el patrimonio de ella en realidad, pasaba a formar parte del de él.
Para divorciarse, bastaba con repudiar a tu pareja y ya. No era porque fuesen muy progresistas o creyesen en el amor. Esto era porque una pareja que se amaba era más propensa a traer hijos a Roma antes que una pareja que se odiase. Pero eso sí, el repudium debía ser notificado, aunque fuese de forma unilateral. Si tu temperamental esposo o esposa iba a poner su queja ante el magistrado (y mejor aún, si llevaba a sus amigos como testigos), mejor fuera que ya no se volviesen a ver e hicieras tus maletas.
A los emperadores cristianos les parecía molesto el repudium, por lo que procedían a validarlo, pero castigando al cónyuge que hubiese presentado la notificación, para que se lo pensara dos veces la próxima.
Por lo demás, y salvo algunos detalles como las dotes o las donaciones, casi todo el modelo del matrimonio romano se ha trasladado al matrimonio civil de nuestros días, pues finalmente somos herederos de las cosas que esta sociedad llegó a legislar y, sobre todo, a hacer tradición. En otra ocasión hablaremos de las peculiares ceremonias que se desarrollaban en el ámbito familiar cuando dos novios estaban por casarse.
Fuente: cuora.com
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