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EL RECOPILADOR

26 de febrero de 2024

Trabajadores ambulantes de nuestro aún cercano pasado

Por: Francisco Álvarez (El Recopilador)

Historias cercanas.
Halladas a la vuelta de una esquina
.

Nacido en la década del ’40 conservo el recuerdo del paso de aquellos cotidianos personajes que, con sus pregones, anunciaban su llegada a la cuadra, su presencia, sus productos, sus servicios y que, con el correr de las épocas y su paso en el tiempo, se han ido transformando o hasta desapareciendo.

Estos fueron algunos de ellos…

El Hojalatero. Se anunciaba con su pregón, “Arreglo de palanganas, fuentones. Cambio de fondo de pavas y cacerolasss”. Utilizaba sierra, martillo de madera para quitar abolladuras, lámpara de soldar, estaño y lo hacía en la misma vereda de donde lo llamaban, para que lo viesen los vecinos y obtener algún otro cliente. Aquí reparando un fuentón.

 

EL SILLERO,  también llamado EL MIMBRERO:

El Sillero, también llamado el Mimbrero.
Hombre y caballo el mismo andar, como dos amigos, dos hermanos.

Con su carro de altas barandas totalmente cubiertas por sillas de clara madera de pino y asiento de paja; Grandes cestos de mimbre, donde las señoras solían echar la ropa para lavar: Las plegables sillas reposeras de lona, tan comunes para su uso en el patio de la casa o para llevar de pic-nic o a la playa; La popular silla “baja”, que en todas las casas si había una era para la abuela, lugar donde descansaba o hacía alguna tarea manual (costura o tejido), o cebaba el mate;  Moisés y cunitas para bebés, andadores; La sillita alta para que los pequeños comenzaran a compartir la mesa de los grandes, o su sucesora sillita de chiquitín. Siendo  completada su carga con una diversa variedad de cestos de mimbre, esterillas, cortinas rústicas y canastas para ir de compra a la feria. Solían pasar una vez por semana y siempre había quien les comprase.  A pesar de la multitud de objetos que transportaba no representaba demasiado peso para el caballo que tiraba del carro y su paso era el paso de su amo, que siempre solía caminar delante o junto al animal y cuando, reclamado por alguien que quisiera comprarle, sin mediar ninguna orden se detenía, y tampoco existía orden de continuar, ambos semejaban ser un equipo que se entendían como hermanos… También era costumbre de los niños, mientras la mamá o el papá compraban, salir a darles algo de comer a los caballos.
Hombre y equino juntos, ambos recorrieron todas las calles de mi barrio, juntos hicieron ese camino de años… y juntos se fueron esfumando en el tiempo, llegando los años ’75 los he dejado de ver, mediando les abriesen las puertas a la importación… Taiwan, Japón, Corea, que fue dejando millares de desocupados, sin trabajo…  a la vez que inadvertidamente su voz se fue perdiendo junto con su pregón “Silleeerooo, sillerooo, sillas de paja y canastos de mimbreee… Sillerooooo…!”
 


EL HIELERO, qué en las calurosas mañanas del verano al pie del carro, luego de su humilde camioneta, nos traía el tan necesario bloque de hielo, cuyo tamaño no iba más allá del tamaño de unos dos a tres ladrillos y que raramente llegaría un resto para la noche. Entonces las viejas “heladeras” fueron una especie de pequeño armario de madera, internamente forrado en chapa de cinc, con una puertita donde poner algunas pocas botellas, o algún plato que debía estar necesariamente frío, y en su parte superior una caja con tapa, con un cañito de desagote del agua del descongelamiento del bloque de hielo que allí se depositaba.  Ese frío cada día era una historia propia y distinta, llegaba hasta donde llegaba y como mínimo, una vez a la semana algún alimento había que “tirar”.  Las heladeras eléctricas fueron caras hasta los años ’60, en que SIAM las puso al alcance de muchos, en cuotas que la misma empresa financiaba.

Izquierda, chico con un bloque. Centro, hombre con una barra
de hielo al hombro (unos 6 bloques). A derecha, el hielero.

 

LAPONIA HELADOS:  El Heladero, era todo un personaje, vestido de rigurosa gorra plato blanca, chaqueta y pantalón blanco con raya azul y las charreteras haciendo juego.
legaba en su también blanco triciclo que, cuando abría la tapa de su cajón y salía el humo del hielo seco, aparecían entonces los “palitos, casatas y vasitos” que tan solo valían “centavos”. Hermosa época, donde éramos sencillamente felices y no nos dábamos cuenta.

El heladero con el triciclo de Laponia y dos ‘clientes’.

 

EL AFILADOR: Que caminaba haciendo rodar una gran rueda como las de carro, y que cuando conseguía un cliente, con un movimiento la disponía para su trabajo que ejecutaba moviendo con el pie un pedal que por una transmisión de la rueda hacía girar una redonda piedra de afilar donde pasaba los cuchillos hasta dejarlos como cortando un pelo en el aire. Cobraba unas monedas y continuaba su camino, haciendo sonar su particular ciringa  -flauta- acompañada de su grito  “¡Afiladooorrrr!”
- Oficio que se ha logrado mantener, pero con “reservas” sobre la honestidad de quienes lo practican, ya que previamente “con una voz tramposa” dicen un precio y cuando el cliente acepta le afilan el cuchillo y cuando va a pagarle, el afilador le dice “no, usted me entendió mal, es tanto!!” y si el cliente le discute… el “profesional” -con el afiladísimo cuchillo en su mano- tácitamente lo amenaza y o le paga o enojado se le lleva su cuchillo (o tijera, lo que fuese) dejándole aun en el aire la amenaza. Una pena como han desmerecido este oficio, estos nuevos personajes que solo son unos delincuentes.

Afiladores. El del ayer con su rustica rueda; el actual, con 
una bicicleta ‘adaptada’, llevando la piedra sobre el manubrio.

 

EL RUSO DE LA COOPERATIVA: Daba crédito para ropa blanca, sábanas, toallas, a pagar pesitos por semana; También órdenes de crédito para concurrir a la cooperativa israelita, donde poder comprar artículos del hogar, muebles, bicicletas y otras cosas.
 

EL COBRADOR DE LA LUZ, que llevaba su cartera llena de dinero, que de cada casa le pagaban, por el consumo de electricidad.  -¡Qué épocas… no recuerdo que hubiesen asaltado a cobrador alguno!
 

      En otra oportunidad regresaremos con el recuerdo de otros pregoneros ya olvidados, pero que tanto nos dieron y solucionaron en aquellas no tan lejanas épocas.

 

 

Fuentes: La vida.
Imágenes de internet, créditos a quienes corresponda.

 

 

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