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EL RECOPILADOR

11 de julio de 2022

Ciudadela de 1920

Estación Ciudadela del FCO, inaugurada en 1910, la que desde ese momento dió nombre a la actual ciudad.

Por: Francisco Álvarez (El Recopilador)

Historias cercanas.
Halladas a la vuelta de una esquina.

 

      Junto al viejo andén de gruesos tablones, pasan trenes a vapor entre nubes de humo y resoplar de máquinas poderosas.

      Sobre la próxima calle Segunda Rivadavia, embarrada, intransitable, se apretuja un grupo de casas, viéndose un poco más lejos otras, desperdigadas a distancia. Al confín, cerrando el horizonte, la masa sombría del frondoso Parque de Achával sobre la que se destacan las líneas severas del Cuartel.

      Al Sur se distinguen apenas media docena de viviendas, siendo la nota más saliente la que ofrece la chimenea y el viejo caserón de “La Colombiana” próximos a desaparecer. Sobre la ancha avenida Rivadavia, adoquinada, el campo libre y la tierra labrada de las quintas, desde alguna de las cuales llega el ruido monótono de alguna vieja noria en movimiento.

Fábrica de almidones y chuños “La Colombiana”
manzana hoy ocupada en parte por el Banco Provincia
(Rivadavia, Porrini, De Fazio y Buenos aires)

 

      Acá y allá, terrenos baldíos y casitas en construcción, habitadas muchas de ellas antes de terminadas, donde ponen su nota pintoresca los juegos de los niños y los vistosos trapos pendientes de las sogas, bajo el brillante sol de la mañana.

      Son los tiempos en que los viejos vecinos llegábamos, casi siempre acompañados de amigos, que solían aguardarnos para tomar juntos el mismo tren y venir luego en amable tertulia. Llegábamos a la anochecida, a nuestro pueblo, que nos recibía con su aire limpio, incontaminado, pero casi a oscuras por su escasa luz de alumbrado callejero. Noches de invierno, en que íbamos buscando, al tacto, los restos de la última capa de carbonilla donde asentar el pié, para no chapuzar en los charcos formados sobre las veredas sin ladrillos; noches oscuras y desapacibles, de Junio, en las que la soledad y el silencio que rodeaba la casita solitaria, edificada en medio del baldío, hacían que nos pareciese más confortable y acogedor el modesto hogar.

      Eran pequeños aún nuestros hijos y, todos juntos, en el cálido ambiente de la pequeña cocina familiar, solíamos comentar los triviales sucesos del día, antes de recogernos al reparador descanso del sueño, que se nos ofrecía a menudo, arrullado por el monótono croar de miles de batracios que pululaban en las lagunas próximas; por el golpear persistente de la lluvia, sobre las chapas del techo, o por el temeroso zumbido del viento.

      Semblanza cordial de nuestra Ciudadela de hace tanto tiempo, que se mantiene en la memoria de los viejos. Cuadro inolvidable al que ha quedado asociado para siempre, el recuerdo de muchos nobles afanes e inquietudes que ya nos parecen remotos, al correr de los años...

Nota:  Monografía de Ciudadela (Casi un siglo de historia de un pueblo sin historia)

autoría de José Alfonso. Publicación del año 1944.

José Alfonso, periodista e historiador de Ciudadela.

 

 

Al momento de publicar este libro, Ciudadela tenía una vida de 34 años. Aún no tenía historia y sin embargo su autor ya la estaba escribiendo. Aún no tenía historia pero la misma iba creciendo, para hallarla como lo hacemos hoy, a un siglo de su nacimiento.

                                                                                                                   

El Recopilador

 

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