INTERNACIONAL
25 de marzo de 2026
El otro frente de la guerra en Irán: el impacto silencioso que puede disparar el precio de los alimentos en todo el mundo
El conflicto en Medio Oriente ya golpea al mercado de fertilizantes y amenaza con una crisis alimentaria global. Expertos advierten que el efecto dominó podría sentirse en la mesa de millones de personas.
Mientras la atención global se concentra en el precio del petróleo y la escalada militar en Medio Oriente, un frente menos visible comienza a generar alarma: el impacto de la guerra en Irán sobre el mercado mundial de fertilizantes y, en consecuencia, sobre la producción de alimentos.
Las restricciones en el tránsito por el Estrecho de Ormuz no solo afectan al petróleo y al gas. Por esa vía estratégica circula cerca del 30 por ciento de las exportaciones globales de fertilizantes, lo que convierte a cualquier interrupción en un factor crítico para la seguridad alimentaria mundial.
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El bloqueo parcial ya dejó más de 1,1 millones de toneladas de fertilizantes varadas, entre ellas unas 570.000 toneladas de urea. A diferencia del mercado energético, este sector no cuenta con reservas estratégicas suficientes para amortiguar el impacto, lo que agrava el escenario.
La suba de precios fue inmediata. Los futuros de la urea alcanzaron los 684 dólares por tonelada, el nivel más alto desde octubre de 2022, muy por encima de los 466 dólares registrados en febrero. Sin embargo, especialistas advierten que el mayor impacto todavía no se trasladó completamente a los alimentos.
El problema no es solo logístico. La región del golfo Pérsico es clave en la producción de fertilizantes nitrogenados, que dependen directamente del gas natural. Además, concentra entre el 30 y el 35 por ciento de las exportaciones globales de urea y hasta el 30 por ciento de las de amoníaco, junto con un rol central en el suministro de azufre.
Esta interdependencia genera un efecto en cadena. Países como India, Bangladés y Pakistán ya comenzaron a reducir su producción de fertilizantes ante la falta de insumos energéticos, mientras que Egipto debió salir a comprar gas natural licuado a precios más elevados tras perder suministro desde Israel.
El impacto también alcanza a grandes economías agrícolas. Brasil, uno de los principales consumidores de fertilizantes del golfo, podría ver afectada su producción, lo que repercutiría directamente en el mercado global de alimentos. Otros países en riesgo incluyen Tailandia, Turquía, Australia y Estados Unidos.
La situación es especialmente crítica para naciones altamente dependientes de estos insumos, como Sudán y Bangladés, donde más del 50 por ciento de los fertilizantes provienen de la región en conflicto.
El economista e historiador Adam Tooze advirtió que el momento del conflicto agrava aún más sus consecuencias. “La guerra actual es desastrosa desde el punto de vista del ciclo agrícola moderno”, señaló, al remarcar que coincide con el inicio de la temporada de siembra en el hemisferio norte.
El especialista explicó que, históricamente, los conflictos se evitaban durante etapas clave del calendario agrícola, pero que en este caso la disrupción llega en un momento crítico para la provisión de insumos.
El escenario global ya era frágil. Según datos de la ONU, más de 670 millones de personas enfrentan hambre crónica, y regiones como Sudán, Yemen, Gaza y Malí se encuentran en niveles extremos de inseguridad alimentaria.
En ese contexto, cualquier incremento en los costos de producción o interrupción en las cadenas de suministro puede tener consecuencias devastadoras. Incluso si la situación en el estrecho de Ormuz se normaliza en el corto plazo, la recomposición del mercado de fertilizantes podría demorar semanas, un plazo que muchos productores no pueden esperar.
El resultado, advierten los expertos, podría sentirse en todo el mundo: alimentos más caros, menor producción agrícola y una presión creciente sobre los países más vulnerables. Un impacto silencioso que, lejos del frente de batalla, amenaza con llegar directamente a los platos de millones de personas.
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