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CULTURA

20 de junio de 2021

Secretos bien guardados

¿Todos guardamos un muerto en el placard? En todas las familias existen oscuros espacios de silencio que permanecen así a lo largo de varias generaciones. De la revelación de un custodiado secreto familiar trata esta historia con fondo verídico.

Secretos bien guardados    

 

La historia que hoy vamos a contar sucedió en el invierno de 1930, en la localidad de Bandera, en Santiago del Estero. En aquel entonces el pueblo funcionaba como tal, unos cuantos hacendados dueños de las tierras y muchos peones de campo trabajando para ellos. No había mucho más atractivo que la vida monótona de un pueblo del interior con sus rutinas habituales. Pero un día cualquiera sucedió algo distinto, algo que los cambió para siempre. Esa mañana ella se levantó decidida a manejar la camioneta que había comprado semanas antes su esposo. Nadie más que él la manejaba y a ella le pareció interesante, para su aburrida vida, contrariar eso.

Se levantaba todos los días a la misma hora y preparaba el desayuno para los dos y luego se pasaba largas horas sin hacer nada, como buena esposa de un acomodado propietario de esa época. Pero ese día sintió que era el momento. Esperó en silencio que él saliera de la finca rumbo a la fábrica de aceite que tenía en sociedad con su familia. Ella tomó las llaves y subió a la camioneta. Se metió por caminos desconocidos para ella y se adentró por las profundidades del pueblo para que nadie pudiera verla.

Se sintió poseída por una fuerte sensación de libertad única que llegaba a emocionarla. Y sin saber cómo, sucedió la tragedia. Ella juró que jamás vio a nadie cruzando los campos, que sólo había ganado y plantaciones por ahí, que no se dio cuenta en ningún momento que aquel desafortunado peón no había tenido mejor idea que cruzar corriendo hacia el otro terreno, que ella manoteó entonces el volante con fuerza y que sólo llegó a ver al hombre ahí tirado, sin saber su destino final. Ella juró que huyó por miedo y desesperación, dejando tras de sí el olor a combustible quemado. Y la vergüenza. En el pueblo jamás se supo bien qué había pasado. Digamos que fue un secreto bien guardado. O bien recompensado. Lo único que vagamente trascendió de ese episodio fue que su esposo, el hacendado aceitero, tuvo que despojarse de casi todos sus ahorros compensando muy caro el silencio por aquella muerte.

Jamás volvió a hablarse de lo sucedido en la familia y fue, durante mucho tiempo, un secreto guardado bajo siete llaves, que salió a la luz, cuando alguien con total inocencia preguntó por qué la abuela ya no manejaba y la respuesta, rápida y sencilla, fue porque ella nunca había sacado el registro…..

CAROLINA PONS

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