Domingo 22 de Febrero de 2026

Hoy es Domingo 22 de Febrero de 2026 y son las 12:11 - Una manera distinta de informar, con otro enfoque

  • 25º

25°

EL CLIMA EN Buenos Aires

RINCóN LITERARIO

22 de febrero de 2026

Carhué

Las historias ocultas de una familia guardan secretos, dolores, postergaciones, traiciones y esperanzas. Como esta. Sandra Pappalardo escribe un texto familiar y recupera la imagen de su nonna Cristina, a su modo, una callada heroína de otra época.

Carhué

Situado al oeste de la provincia de Buenos Aires  hay un centro turístico de excelencia, ya que se encuentra junto al lago Epecuén, reconocido por las propiedades de sus aguas hipermarinas y terapéuticas.

Pertenece al partido de Adolfo Alsina.

El reumatismo crónico podía combatirse; los índices de cloruros y sulfatos la ubicaban en el primer lugar de aguas minerales con efectos benéficos.

Artrosis, artritis reumatoidea, asma bronquial, bronquitis crónica, psoriasis, contracturas musculares, insomnios, hipocondrías, cuadros depresivos, rehabilitación post desgarros, todas estas dolencias eran curadas en aquellas aguas.

Quizás por ello siempre mi nonna Cristina quiso conocerlas.

“Espero”, insinuó mil veces su deseo de ir. Esperaba que él se dignara y la llevara de algún modo, que la escuchara, que la complaciera. Tenía una ilusión. Llevaba muchos años en esa casa desde su desembarco; no hacía más que trabajar.

Era la época en que las mujeres eran llevadas y traídas.

Su único viaje fue aquel que la trajo del viejo mundo a éste. Dolor, recuerdos, fueron el denominador común durante tantos años. Crudas adaptaciones: nuevo idioma, nueva casa, nueva gente. Venía de la guerra, de destejer acolchados para venderlos transformándolos en hilo, de traficar granos en bicicleta, de lavar ropa sobre piedras, de correr a refugios antiaéreos con tres críos en brazos, de dibujar un mágico menú de cinco platos.

Ella sí sabía lo que era la vida, el trabajo, la fuerza, la valentía. Y ella esperaba que él la llevara…

De pequeñísima estatura e inconmensurable ternura, y con la sonrisa más entrañable que se pueda imaginar, así era ella: pura bondad.

Había crecido en una familia de cinco hermanos; habían escapado de la guerra, hasta África llegaron. En Trípoli, Libia, se instalaron. Pero Juan había combatido y ella lo tenía por encima de todo y de todos: su faro, su luz, su autoridad. Era su esposo. Así fue como lo amó: lo respetó, lo sirvió.

Ella siempre decía en la mesa de reunión:

“Juan me dijo que me va a llevar este año a Carhué”, y esbozaba una sonrisa esperanzada.

La recuerdo con su ropa de domingo, la primavera toda en su vestido, tan hermosa y prolijamente peinadita de rodete, y sus lentes de marco negro, bajando del tren en la estación de Haedo. Sus pies algo indecisos, sus zapatos de pequeño tacón lustraditos y su eterna y única carterita pendiendo de su antebrazo diminuto.

Así la recibía yo los contados domingos en los que venían a visitarnos a Castelar. Con papá los íbamos a buscar a la estación; para mí era también una fiesta.

Para ella era un día de algarabía, un oasis en su rutina del despojo.

Pasaron los años. Juan había sido convocado para viajar a Italia para buscar a Cicio, el hermano de su esposa Cristina, pero antes decidió hacer más grande el viaje y pasar por los Estados Unidos. La hermana de mi abuela, su amor oculto, la oscura y consumada tentación que muchos años antes le había partido el corazón al ángel de gran talla.

Ciertamente era un viaje grande, largo, y más aún para la época, pero aun así él se animó a hacerlo.

Era un héroe de guerra.

Y Carhué quedó para el próximo año.

No se podía tanto viaje, más aún  donde se encontraba.

 

Sandra Pappalardo

 

COMPARTIR:

Notas Relacionadas

Comentarios