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15 de marzo de 2023

NUESTRA HABLA NO DEBIERA CAER EN LAS REDES

Por: Juancarlos Bejarano Muguruza

Suelo cometer el error, el pifio o la desubicación de detenerme a observar cómo, en los tiempos que nos ha tocado vivir, se dicen las cosas, ya sean expresando conceptos positivos, negativos o asépticos.

Escudado en ese rol de Maestro Ciruela anacrónico, me permito, como en este texto, deslizar observaciones que no presento como reglas a seguir sino como pareceres de alguien que ha juntado algunos años y que se permite el tupé (palabra vetusta por donde se la quiera mirar…) de poner la lupa sobre algunos detalles de las comunicaciones del tercer milenio, en boca o en teclado de sus figuras protagónicas, los/las comunicantes, los/las comunicadores/as.

La tan mentada globalización actúa como si fuera una bolsa de aire que ni siquiera contiene agua, como ocurría con aquellas añoradas bombitas de carnaval.

Es muy buena cosa enriquecer el habla cotidiana, incorporando vocablos que el pueblo va asumiendo para su comunicación de persona a persona.

Esa “vida interior” potencia al lenguaje pero, sobre todo, a la comunicación; es la sal de una cultura, el componente fundamental que ayuda a que todos/as podamos comunicarnos con todos/as.

Nuestro lenguaje (que es nuestro por uso, pero no por origen), en los 530 años transcurridos desde que los primeros extranjeros “vinieron de los barcos”, se ha ido construyendo a los codazos entre lo que trajeron los muchachos que acompañaron a Colón, los giros de nuestros pueblos originarios, las sucesivas intrusiones de culturas no hispánicas y por lo que nos siguió inculcando “la madre patria”.

Y eso fue constituyendo una readaptación cultural, a veces invasiva, a veces espontánea, pero siempre sirviendo a las necesidades de interrelación de la gente de nuestra tierra.

Todo era de boca en boca o, a lo sumo, de libro en libro…

Hasta que llegaron la electrónica, la tecnología, las redes, la megacomunicación, y toda la parafernalia que hoy disfrutamos (disfrutamos ?).

La segunda mitad del siglo 20 se encargó de llenarnos los ojos, los oídos, las bibliotecas, los hogares y todo resquicio que fuera útil para instalar los instrumentos  “del progreso”.

Queda claro que fue progreso (sin comillas), pero también queda claro que parece haber una infestación que cayó sobre los/las humanos/as, sorprendiendo a muchos/as, alegrando a otros/as y obligando a todos/as a modificar ciertos códigos que parecían irreemplazables.

Dentro de esas irrupciones en la comunicación, sobre todo en la que se establece en las llamadas redes, se han incorporado como parte natural de nuestra habla expresiones que no sólo poco tienen que ver con nuestra lengua oficial sino que, además, tienen claros sinónimos dentro del léxico español/castellano.

A esos términos invasores les han agregado una andanada de abreviaturas y apócopes que convierten a las conversaciones entre individuos en intercambios sectarios donde no hay espacio para no iniciados.

Con todo esto, quiero simple y casi angustiosamente, llamar la atención sobre el tema y exhortar a mis compatriotas a buscar formas lingüísticas que, sin caer en argumentos antediluvianos, trate de sostener nuestra codificación cultural.

LA CULTURA GLOBAL NOS LLEGA, QUERAMOS O NO, PERO NO DEBEMOS SOSLAYAR NUESTRA PARTICIPACION DENTRO DE ELLA.

 

Juancarlos Bejarano Muguruza

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