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CULTURA

9 de mayo de 2021

Una historia de las salinas

En el noroeste de la provincia de Córdoba, casi en el límite con Catamarca, se extiende la zona salinera. Oscar Méndez, el autor de este relato casi regional, casi folklórico, vivió muchos años en esa zona y escribió una serie de relatos donde el reseco paisaje y sus singulares habitantes son los protagonistas.

EL FERROCARRIL               

Ramón fue tomado como efectivo por el Ferrocarril Belgrano el 13 de marzo de 1956. El Turco mandó llamar a María, su mujer, y le entregó libreta. María se volvió a su rancho con una cocina Volcán usada, a garrafa, en una carretilla de rueda de madera manejada por su hijo Cloro.

Ramón mientras tanto junto al resto de la cuadrilla lucha con un burro negro reventado por el tren cerca de San José de las Salinas. El sol rebota en la arena y aplasta a los hombres y los uniformes, sacos y pantalones azules, tienen grandes manchas oscuras de sudor. Trabajan de a ratos, suspenden para descansar a la sombra y tomar agua de la botella de aceite forrada de arpillera mojada que cuelga de una rama de chañar. Y saludos rápidos a los autos, saludos lentos y conversados a los carros de leña.

María cambió de carnicería y la grasa ya no es más amarilla, es blanca. Compró tres guardapolvos nuevos y alpargatas para todos. Ayudada por su hijo desarma el horno del patio y entonces las vecinas, atentas como amistosos cuervos, le piden los ladrillos y el armazón de hierro semiquemado. Cuando se reparten el inesperado botín que María desdeña, Ramón llega del trabajo con la cara oscurecida.

-Viejas chupinas, viejas p...

Las vecinas se retiran ofendidas y Ramón entonces apila cuidadosamente los ladrillos contra el quebracho blanco del patio.

María lo espía desde la ventana de la cocina y lo ve terminar el trabajo y limpiarse las manos de polvo contra los costados del pantalón.

Ahora, piensa, entrará y me dirá de todo y tal vez me pegue.

Y luego la tomará sin siquiera sacarle la ropa.

Cuando ya viene, la expectativa recorre su cuerpo como un atropellarse de la sangre.

El Jeep de la Policía frena en la arena frente a la casa y al verlo Ramón camina hacia él, abre la puerta trasera, sube y el Jeep se va. María se saca el batón y con un vestido estampado y alpargatas nuevas corre a la Comisaría detrás del Jeep donde llevan a su marido.

Al llegar se encuentra con toda la cuadrilla incluida el capataz con un vendaje en la cabeza. Un viejo ferroviario le cuenta que Ramón terció en una discusión entre el capataz y un peón catamarqueño sobre quién tenía derecho a quedarse con el lomo del burro atropellado por el tren. Ramón le mentó la madre y entonces el capataz le dio un empujón.

-Tu marido le pegó con la botella del agua entre los cuernos, María.

El domingo siguiente con el sol ya alto y en camino hacia el fuego del mediodía, Ramón rehace su horno de ladrillos ayudado por su hijo Cloro, mientras María, su mujer, lleva su cocina Volcán usada a lo del Turco, en la carretilla de rueda de madera.  

                                                 

OSCAR MÉNDEZ

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