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CULTURA

2 de mayo de 2021

¿Qué cosas mueren para siempre cuando muere la memoria de aquellos que las conocieron?

Borges escribió que una cosa o un número infinito de cosas muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo. Sobre la memoria, la pérdida de la memoria, y la muerte ha escrito María Isabel Moronta en este relato que, pese a su brevedad, se atreve a atisbar en ese número infinito de cosas.

Sí, mamá

 

No sé quién ha de ser usted, chinita, pero hace unos cuantos días que la veo atenderme por demás. Por su cara se parece a la Eva, mi hija, pero usted es más vieja. ¿Sabe?, es muy raro, siempre estoy rodeada de gente, parece que son conocidos suyos, todos me sirven y me charlan, pero yo extraño a mis hijos. No entiendo por qué no han venido a verme como antes que se juntaban acá todos los veranos. Son unos cuantos, más de diez, ojalá pueda conocerlos. Ahora deben de estar en el pueblo estudiando, creo que algunos ya se han ido a Buenos Aires. Ellos lo ayudaron al Gerardo a hacer esta pieza. Seguro que el Gerardo se ha ido pa´ la sierra a buscar las cabras, ha de volver cuando caiga el sol nomás. Mañana me deja ir pal´corral, tengo que sacar la leche al alba y hacer los quesillos temprano, si no no se orean bien.

La vida es dura acá en el campo, ¿vio, m´hija? y he de moverme porque no la veo a usted alimentando mis gallinas y mis pavos. Vaya, corte un poco de pichana que le hago una escoba; yo no tengo fuerza, pero usted podría barrer un poco el patio, le echa agua primero, que no vuele la tierra.

Cuando vuelva el Gerardo, nos sentamos bajo el molle, con el brasero y la pava y tomamos unos mates mientras le hecho un ojo a la huerta, la tengo medio abandonada y estos calores son muy bravos.

¿Me acompaña a caminar allá, por la pampita? Está oscureciendo, ¿no vio cómo brillan las estrellas? ¡Si parece que el cielo se le viene encima a uno!

Usted no ha de haber visto, pero el otro día me visitó un mozo trajeado, y lo he escuchado que algo le dijo a mi hija, la que se parece a usted, en otro idioma, me ha sonado como un apellido alemán, y ahí nomás me ha dejado a tomar unas pastillas. Sabe, no quiero ser atrevida, pero no me las dé más, porque creo que me hacen olvidar las cosas, y tengo miedo de olvidarme del tala, y de esos dos álamos de allá, esos que ha plantado mi hijo para que crecieran alto y se vieran por encima de la loma.

 

(A Isabel Reyes Molina, mi suegra, que vivió 92 años en La Ciénaga, un paraje rodeado de sierras en los llanos riojanos y vivió sus últimos 10 años con Alzheimer).

 

María Isabel Moronta

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