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CULTURA

20 de marzo de 2021

Como conocí al Ingeniero Arturo Ragonese

Roberto Michelena hoy nos ofrece una cálida semblanza de un personaje valioso de nuestra comunidad, el Ing. Arturo Ragonese.

A fines de la década del sesenta ingresé al INTA en Castelar. Allí tuve la posibilidad de conocer a muchos profesionales como el ingeniero Antonio Prego, que fueron referentes en mi carrera. Entre ellos estaba el ingeniero Arturo Ragonese, Director del Centro Nacional de Investigaciones Agropecuarias (CNIA) del INTA. Fue el creador del Jardín Botánico en 1947, en el predio del Ministerio de Agricultura de la Nación en Castelar, que pasó a depender del INTA luego de su creación en 1956.

El Jardín Botánico denominado Arturo E. Ragonese, en su homenaje, es uno de los tres más importantes del país, con más de tres mil quinientas especies vegetales. A través de un trabajo constante de muchos años, Ragonese fue coleccionando las plantas que traía de sus permanentes viajes por toda la Argentina y el mundo.

Trabajaba en el Instituto de Suelos y teníamos un viejo rastrojero que lo poníamos en marcha por la mañana y luego no lo apagábamos en todo el día porque después era imposible arrancarlo. Como camioneta vieja fumaba y adornaba el aire con un humo negro de un olor insoportable. Cierto día, Mercedes Acosta, la secretaria del ingeniero Prego, me llamó para una reunión en su oficina, que estaba en la planta alta del edificio de Botánica.

En la planta baja del mismo edificio, estaba la oficina del ingeniero Ragonese. Paré el rastrojero en el edificio y subí rápidamente a la oficina de Prego. La reunión se prolongó demasiado y en un momento entró Cristina Lostri, la secretaria de Ragonese, a los gritos, diciendo que el Ingeniero preguntaba, muy enojado, de quién era es camioneta que estaba fumigando toda su oficina. Más rápido que un rayo bajé las escaleras y me di cuenta que había dejado el rastrojero bien junto a la ventana de la oficina del Director que tenía asma y frecuentemente debía recurrir a un aerosol para aliviarse. Con la “cola entre las patas” escapé de allí, rezongando contra Ragonese al que todavía no conocía personalmente. Esa fue mi accidentada “presentación” con él.

Con los años tuve la oportunidad de conocer con mayor profundidad a Ragonese. Era un hombre sencillo y de una gran humildad, a pesar de sus brillantes pergaminos profesionales.  Amante de los perros, tenía muchos de ellos en la puerta del edificio, a los cuales les hacía dar agua y comida todos los días. Su llegada por las mañanas era invariablemente acompañada por el alboroto de sus perros en un festejo interminable. Recuerdo que cuando alguno de ellos se enfermaba de “moquillo”, él disponía de su propia medicina para curarlos: les ponía un collar de “marlos” de maíz.

Pasaron algunos años y empecé a colaborar con Prego en un proyecto de forestación de médanos con álamos y sauces híbridos producidos en Castelar, por la mano de Ragonese, que era un genetista de excelencia. Todos los inviernos forestábamos numerosos terrenos en las provincias de Buenos Aires, La Pampa y Córdoba. Yo me encargaba de conseguir las “guías”de las plantas, que eran alrededor de tres mil cada año. Para esto, primero hablaba con Ragonese, y luego de su consentimiento, iba al campo a hacer cortar las guías. El responsable de esta etapa era el agrónomo Real Alberti, un excelente profesional y mano derecha de Ragonese. La última parte era hablar con el capataz de campo, el “negro” Lindoro, un personaje hermoso, querido por todos, que se disfrazaba de Papá Noel en un carro con caballos y repartía juguetes entre los niños de la Guardería.

El Ingeniero vivía en un hermoso chalet, en la esquina de Avellaneda y Sarmiento, en Castelar norte. Diariamente se lo veía viajar al INTA en su viejo Fiat 1100, nunca superando los 40 kilómetros por hora  y con las dos manos manos aferradas al volante. Así continuó su vida en INTA hasta su fallecimiento en el año 1992, luego de una brillante y larga carrera profesional.

A través del tiempo, lo recuerdo con mucho cariño. Me consideré su amigo y creí haber sido correspondido. Fue guía de muchos profesionales jóvenes como yo a través de su palabra y su trabajo.

 

 

 

 

El Ingeniero Agrónomo Roberto Michelena trabajó durante más de 40 años en el INTA Castelar, recorrió todo el país y distintos países de Latinoamérica como investigador y asesor en su especialidad: Conservación de suelos. Fue además docente universitario durante 20 años en la Universidad Nacional de La Plata. Vecino de Castelar de toda la vida, socio y amigo de La Salita y de la Biblioteca Popular 9 de julio.

 

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