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9 de febrero de 2026

Ruth Bishop, la viróloga que hizo la mayor contribución de Australia a la salud infantil global

A principios del siglo XX el Real Hospital Infantil de Melbourne había dado instrucciones a sus médicos de no ingresar a niñas y niños que llegasen con casos agudos de gastroenteritis porque no había ningún tratamiento disponible que les fuese a ayudar. Así que cuando llegaban, se les enviaba de vuelta a casa con una perspectiva sombría. Muchos de ellos morían a causa de esta enfermedad y los médicos no sabían qué la causaba. Se calcula que por esa época, y durante las décadas posteriores, unos cinco millones de niños morían al año en todo el mundo a causa de distintas formas de gastroenteritis.

La medicina evolucionó y a muchos de esos menores se les fue tratando cierto éxito, en su mayor parte administrándoles suficientes líquidos y electrolitos para evitar la deshidratación, poniendo por lo tanto remedio al principal y más grave de los síntomas sin que se supiese todavía demasiado de la causa. Había sin embargo un número relevante de niñas y niños, especialmente los de más corta edad, para los que el tratamiento no era suficiente y terminaban muriendo. No había en ellos un patrón determinado: podían ser criaturas previamente sanas, pertenecientes a cualquier clase social o económica. La causa de estos casos tan severos de gastroenteritis seguía siendo desconocida.

Una enfermedad infantil mortal sin causa conocida

En ese mismo hospital se halló la respuesta en los años 1970, en un avance científico que se considera la mayor aportación de Australia a la salud infantil global. Al frente del equipo que llevó a cabo el descubrimiento estaba Ruth Bishop, viróloga, que utilizando una novedosa tecnología de biopsia intestinal mínimamente invasiva y microscopía electrónica descubrió el rotavirus causante de estos casos agudos y a menudo mortales de gastroenteritis infantil.

Bishop nació en Dandenong, Victoria, Australia el 12 de mayo de 1933, y creció en Frankston, donde su padre era el director del instituto local. Terminados los estudios de secundaria, su elección de carrera debió mucho al azar y la improvisación. Inicialmente decidió hacer una carrera científica, pero el interés por la biomedicina llegó después, “así que me saltaba algunas clases y me iba a la biblioteca a aprender sobre fisiología. Eso me enganchó, descubrí que me gustaba aprender sobre el cuerpo humano y sus procesos”. Finalmente se licenció en microbiología, después obtuvo el máster y en 1961 el doctorado.

Comenzó su carrera científica como bacterióloga, trabajando sobre la flora intestinal de niños con problemas de mala absorción de nutrientes. Después, a principios de los años 1970, comenzó a trabajar con el departamento de Gastroenterología del Real Hospital Infantil de Melbourne, que llevaba años perfeccionando una técnica para hacer biopsias intestinales en bebés y niños muy pequeños. Bishop participó en la toma de muestras, buscando el agente infeccioso que causaba esas enfermedades a las criaturas, “pero no conseguíamos cultivar nada en el laboratorio”.

Lo que el ojo no ve, pero el microscopio electrónico sí

Después unió fuerzas con el virólogo Ian Holmes y el experto en microscopía electrónica Brian Ruck, que trabajaban en el Departamento de Microbiología de la Universidad de Melbourne, y gracias a esa colaboración consiguieron por primera vez ver partículas virales en las muestras de tejido intestinal de un niño de dos años afectado de gastroenteritis aguda. “Encontramos estas partículas en la primera porción de la primera biopsia del primer niño que miramos, y eso nos alegró mucho, pero nos alegró aún más cuando descubrimos las mismas partículas en la muestra del siguiente niño. Eso nos daba la seguridad de que no era un descubrimiento aislado”, explicaría Bishop después, recalcando que el hallazgo fue el resultado de un intenso trabajo en equipo: médicos, virólogos, microbiólogos y expertos en electroespectroescopía colaboraron para dar con el patógeno.

Sin embargo, publicar el descubrimiento resultó más difícil de lo esperado. “Escribimos el caso del primer paciente y lo enviamos a The Lancet, que lo rechazó por un motivo razonable: no publicaban casos de un solo paciente”. Cuando tenían cuatro pacientes con las mismas partículas virales, lo redactaron de nuevo y probaron de nuevo con The New England Journal of Medicine, pero en este caso una huelga de correos retrasó el envío. Como no recibían respuesta de la revista, cuando tenían nueve casos confirmados volvieron a enviar el descubrimiento a The Lancet. Al final, el descubrimiento se publicó casi simultáneamente en las dos revistas, y la comunidad científica explotó: “fue como si se hubiesen encendido de golpe un montón de bombillas por todo el mundo, todo el mundo decía ‘¡nosotros también hemos encontrado el virus!’”.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Brian Ruck, Max Murray, Ian Holmes,
Geoff Davidson, Rudge Townley, Ruth Bishop y Anneke Veenstra. The Rotavirus Story.

Cómo hacer la enfermedad fácilmente diagnosticable

Solo que por entonces aún nadie sabía cosas básicas para su tratamiento, por ejemplo cómo de común era o si había alguna forma de diagnosticarlo de manera no invasiva. Les preocupaba sobre todo que gente con menos habilidad o menos medios tratase de hacer biopsias a los niños. Pero luego descubrieron que desde la rama veterinaria ya existía una técnica de tintado para detectar rotavirus en heces de vaca, y la adaptaron para desarrollar un test de diagnóstico no invasivo.

Bishop y su equipo trabajaron en el mismo tema durante décadas, ampliando el conocimiento sobre el rotavirus y dando pie, años después, al desarrollo de la primera vacuna contra el patógeno, que a pesar de su eficacia, Bishop no consideraba suficiente debido a su coste. “La vacuna existente no ha demostrado ser efectiva en países en desarrollo en Asia o África, ni ha dado muy buenos resultados en sitios como Perú o Brasil, quizá porque se estaban administrando dosis demasiado bajas. Por ahora el precio es demasiado alto para los países en vías de desarrollo”, explicaba ella a finales de los años 1990.

De hecho, ella misma ayudó a desarrollar otra vacuna, pensada para ser aplicada a los recién nacidos, “el único momento en el que miles de niños en países en desarrollo están cerca de un hospital”. En su opinión, el rotavirus siempre va a estar presente, pero es posible evitar que mate a miles de niños en el mundo.

Ruth Bishop murió el 12 de mayo de 2022.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

Fuente: Ruth Bishop, la viróloga que hizo la mayor contribución de Australia a la salud infantil global del sitió  Mujeres con ciencia.

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