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17 de diciembre de 2023

Memorias de mudanzas

Hay objetos, muebles, adornos que acompañan la vida de una familia a través de generaciones y generaciones. Guardan historias y recuerdos sucedidos a lo largo del tiempo, década tras década. Su destino es incierto, azaroso, a veces terminan en una venta de remate, otras abandonados en la calle como trastos viejos y los más afortunados, como la protagonista de este relato, permanecen cobijados dentro de la misma familia a la que un día llegaron, vaya a saber uno cómo y por qué. María Eva Maguire hace hablar hoy a un antiguo mueble de familia, testigo de situaciones, viajes y mudanzas. 

 

Memorias de mudanzas

   Cuando vi que comenzaban a correr los sillones, a bajar los cuadros y a descolgar las cortinas, creí que iban a hacer limpieza general y que pintarían toda la casa. A mí me pusieron en un rincón y de pronto comencé a sentir que tenía encima libros, cajas y carpetitas tejidas. Nada quedó en su lugar, ni siquiera el chino que me había acompañado por más de veinte años. Él siempre fue cenicero y yo, su fiel confidente. El tocadiscos RCA Víctor había sido nuestro mágico anfitrión durante los bailes y festejos de la familia.

   Por esa época rumoreaban que Clara se casaría con Jorge, Teresa con Carlos y que la abuela vendería el campo.

   El camino fue largo, lento y triste. Yo no sabía cuál sería mi nueva función. Me dejaron abandonada en un galpón en Rosario. Por suerte, me quedaron cerca los cuadros con barcos fondeados en playas serenas que tanto me gustaba mirar cuando todavía estábamos en la sala principal de la casa.

   Un día llegó Teresa diciendo que necesitaba acomodar un rincón con jarrones y que  yo,  por mi tamaño,  le resultaba muy útil. Y allá me llevaron, amontonada entre almohadones y espejos. Pasé unos años bastante aburrida. Solo los jarrones me distraían con sus bajorrelieves de colores. Pero no puedo ser desagradecida. También me habían vestido con una hermosa carpeta de macramé que hacía las delicias de todas las visitas que pasaban por esa sala.

   Luego quedé sola varios años, tapada de nuevo con lienzos blancos. Teresa había muerto y la vida nuestra quedó en suspenso. Mi memoria recuerda los  bailes desde 1920, el año en que llegué a la casa de la abuela María, envuelta como regalo. Hoy, casi 100 años después, estoy como adorno y mesita de té en la salita de niños de otra abuela María, nieta de aquella abuela legendaria.

   Estoy orgullosa de ser la mesita con borde de festón, chiquita y cómoda, tanto que me acomodan en el centro o en el rincón y siempre quedo bien. Como secreto, les cuento que todavía sigo extrañando a mi chino cenicero. Vaya una a saber cuál habrá sido su destino.

   Algunos dicen que 20 años no es nada. Pienso que 100 son lo suficiente para contar una historia. La de haber rodado por pueblos y ciudades, permanecer dentro de una misma familia y ser simplemente una mesa ratona.

                                                                                                    

MARÍA EVA MAGUIRE

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