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18 de octubre de 2023

Katharine Dexter McCormick, la bióloga mecenas de la píldora anticonceptiva

Katharine McCormick (1913).

Si hay una mujer a las que las demás, en toda la humanidad, deben en gran medida cómo es hoy su vida es Katharine Dexter McCormick. Ella hizo posible una revolución social y feminista que cambió la historia. La bióloga norteamericana, nacida en el último tercio del siglo XIX, financió la investigación que permitió descubrir la píldora anticonceptiva, hoy el método de control de la natalidad más utilizado en todo el mundo. Antes de este fármaco, el control requería de la cooperación de la pareja masculina, algo que no era siempre posible, de hecho aún no lo es en muchos países. Esta píldora facilitó que las mujeres consiguieran algo tan importante como es tener poder de decisión sobre su cuerpo.

Pero ¿Cómo fue posible que, en tiempos en los que las mujeres ni siquiera podían votar, una joven adinerada y clase alta se involucrara en la defensa del derecho reproductivo de su género? Es evidente que sin su personalidad y su empuje, los avances del feminismo durante el pasado siglo hubieran tardado más en llegar.

Katharine había nacido en 1875 en Dexter, Michigan (Estados Unidos) de una familia rica. Enseguida se trasladaron a Chicago, donde su padre, Wirt Dexter, era un famoso abogado. Era hijo de Samuel Dexter, que fue ministro con Thomas Jefferson. Ella tenía sólo 14 años cuando su padre falleció de un infarto, tras lo cual se fueron a vivir a Boston, donde estudiaría biología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Inteligente y con un carácter que la incitaba a no rendirse ante las dificultades, sería la primera mujer en graduarse en ciencias en 1904.

Ese mismo año se casó con el también millonario Stanley McCormick, hijo del inventor y fabricante de la segadora mecanizada. Eso truncó el plan de la joven de seguir estudiando medicina, aunque su vida feliz en pareja duró poco. Pese a ser un hombre inteligente, graduado cum laude en Princeton, pronto Stanley empezó a mostrar signos de enfermedad mental, entonces diagnosticada como “demencia precoz” y hoy calificada como esquizofrenia. Tras varios periodos de internamiento, en 1909 fue declarado incompetente y dejado bajo la tutela de Katharine y la familia McCormick.

Científica y sufragista

Su feminismo para entonces era público y notorio. Cuando estudiaba en el MIT, ya había tenido su primer enfrentamiento con el poder establecido al negarse a ir a los laboratorios con un sombrero con plumas en la cabeza –hasta tal punto se entrometían las instituciones en las vidas de las mujeres–, argumentando que había riesgo de incendio si se hacían los experimentos con esos ‘adornos’. El MIT tuvo que cambiar su política en este asunto.

Katharine McCormick (1913).

En 1909, con 34 años, era una activista feminista y así lo demostró al hablar en la primera manifestación en defensa del sufragio femenino en Massachusetts. En medio de su drama familiar, no dudó en convertirse en vicepresidenta y tesorera de la Asociación Nacional Estadounidense por el Sufragio de la Mujer y, con su fortuna, pagar la publicación Woman’s Journal, toda una novedad editorial. Fue en este contexto como conoció a la enfermera Margaret Sanger, en 1917. Sanger la animó y se unió al llamado Comité de las 100, un grupo que promovía la legalización del control de la natalidad como vía para liberarse de la función reproductora. En ese momento, los supositorios y las duchas vaginales eran los principales métodos anticonceptivos en Estados Unidos. Los diafragmas se usaban en Europa. Margaret había visto en el hospital muchos abortos y embarazos no deseados y había creado la primera clínica especializada en control de la natalidad.

Tras el paréntesis de la Primera Guerra Mundial, donde Katharine se involucró en el papel de la mujeres en el conflicto, siguió trabajando por el sufragio femenino, aprobado por fin en 1920, en la Decimonovena Enmienda. Desde entonces, comenzó a trabajar con Sanger con más intensidad, incluso vulnerando la ley: llegó a importar de contrabando más de 1000 diafragmas desde Europa a Nueva York para su clínica. Utilizando su posición y prestigio, mantenía reuniones con los fabricantes europeos de estos dispositivos en Roma y París, haciéndose pasar por una científica francesa o alemana, y conseguía los pedidos. Luego en un castillo familiar en Ginebra los cosían en forros de abrigos y otras prendas para introducirlos en Estados Unidos. Entre 1922 y 1925, todos los veranos hizo estos comprometidos viajes, sin ser detectado su delito.

Impulso a la endocrinología

Tras un terremoto en Santa Bárbara en 1925, que causó muchos destrozos, tuvo que abandonar en parte sus actividades para dedicarse a reconstruir la propiedad de su marido y cuidar de él. En 1927, comenzó a apoyar los avances en endocrinología, pues estaba convencida de que una glándula suprarrenal defectuosa causaba la esquizofrenia. Creó así la Fundación de Investigación Neuroendocrina de Harvard, el primer instituto donde se estudió el vínculo entre las hormonas y las enfermedades mentales. También fundó un centro de investigación para la atención a enfermos mentales gracias a la gran fortuna heredada de sus padres y su marido, fallecido finalmente en 1947. Unos años después de la muerte de Stanley se demostró que su teoría era correcta: los psiquiatras vincularon la esquizofrenia con un desequilibrio químico.

Ya tenía 79 años cuando se topó con en el desarrollo de la píldora anticonceptiva oral. Gregory Goodwin Pincus venía trabajando en ello desde 1951, gracias a que científicos como el mexicano Luis Ernesto Miramontes o Carl Djerassi habían sintetizado las moléculas de noretisterona.

Katharine McCormick.

Pincus quería aplicarlo a las mujeres, pero se había quedado sin fondos para seguir investigando, así que Sanger llevó a Katharine a conocerle. Allí mismo se comprometió a financiarle el proyecto hasta su finalización, al principio con 100 000 dólares anuales y luego entre 150 000 y 180 000, hasta su muerte en 1967. En total donó más de dos millones de dólares (23 millones de dólares en la actualidad) que le permitieron desarrollar este fármaco, autorizado en 1957 para trastornos menstruales y a partir de 1960 como método anticonceptivo. Curiosamente, hasta julio de 2023 no ha sido autorizada su venta libre sin receta en Estados Unidos y aún no lo es en muchos otros, como España.

Fruto de la gran labor en defensa de la igualdad de Dexter MacCormick está también el impulso que dio a la presencia de mujeres en la ciencia. Resulta que en el MIT no tenían alojamiento para ellas, así que financió un gran espacio, el Stanley McCormick Hall, para que vivieran alumnas que residían lejos, abriéndoles así sus puertas a sus disciplinas científicas y de ingeniería. En poco tiempo pasaron de suponer el 3 % al 40 % de las matrículas.

Tras una larga y fructífera vida, Katharine falleció a los 92 años en Boston, mientras dormía. En su testamento dejó cinco millones de dólares a la Facultad de Medicina de Stanford para apoyar a las médicas, otros cinco a la Federación Estadounidense de Planificación Familiar y un millón más a la Fundación Worcester de Biología Experimental. Incluso legó su casa, hoy un centro donde se dan clases de arte, pues esa fue su otra gran pasión.

Hoy nadie duda de que la aprobación de la píldora tuvo un tremendo impacto positivo la incorporación de la mujer a los estudios y trabajo. En España se legalizó como método anticonceptivo en 1978, tras la llegada de la democracia.  Por desgracia, muchas mujeres en el mundo que la usarían no lo pueden hacer por impedimentos económicos, culturales y religiosos. Pero se venden cientos de millones.

 

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

Fuente: Katharine Dexter McCormick, la bióloga mecenas de la píldora anticonceptiva

 

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