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15 de octubre de 2023

Miles Davis, el hombre de la trompeta

Fue uno de los músicos más relevantes e influyentes de la historia del jazz. El sonido personal e íntimo de su trompeta asordinada, la renovación musical que impuso a todos sus músicos y a todos sus discos, su incansable ángel creador en lucha contra sus adicciones, hacen de Miles Davis un personaje sobre el que vale la pena escribir. Sebastián Fontenla Gil da cuenta del momento culminante de la grabación de ese primer disco que se convertiría en un hito en la historia del jazz moderno.

Miles Davis, el hombre de la trompeta

Cuando terminó de soplar la última nota, los ingenieros del estudio no pudieron reaccionar. La cinta de dos pulgadas comenzó a girar en un ciclo sin fin hasta soltarse de su carrete. El incesante golpeteo contra el cabezal generó un sonido que llenaba la sala de control. Trak, trak, trak, trak, trak, como si en un improbable milagro tecnológico las máquinas se hubieran humanizado y de pronto desarrollaran la capacidad de sentir, dedicando a la genialidad sonora, que había sido registrada a través de sus mecanismos, un aplauso interminable.

Miles, bañado en sudor, con la camisa desabrochada y pegoteada a su pequeño torso, apoyó la trompeta sobre la mesa y buscó desesperado en los bolsillos del pantalón el último frasco de píldoras que le quedaba. Las desarmó una por una vertiendo el polvo dentro de un vaso conwhisky. Mezcló el contenido con el dedo y lo bebió de un solo trago. Tuvo que aferrarse a la mesa con fuerza para no ceder ante la insuperable sensación de éxtasis que lo invadió. Cerró los ojos y sintió que había llegado el alivio.

Pasaron unos minutos hasta que Gil Evans, el director artístico del sello, oprimió el botón de stop. Recién en ese momento los integrantes del equipo, al percibir el silencio, cayeron en la cuenta de que habían vivido un momento sublime, se miraron y comenzaron a reír. Gil se desplomó sobre el sillón, perdió la vista sobre la consola y se tomó la cabeza en un gesto de asombro insuperable. Sabía que Miles Davis había logrado aquello que ni siquiera Albert Einstein, sumido en sus cálculos más aventurados podría imaginar. En esa nota, durante ese último y desgarrador soplido, por un instante, el tiempo se detuvo.

La música era una enfermedad, una tortura que castigó a Miles desde que tenía ocho años, el día en que su padre apareció por casa con una trompeta para que el niño tomara sus primeras lecciones.

El niño descubrió la magia del sonido que emanaba del interior de la trompeta  Desde ese momento, todo cambiaría: el mundo comenzaría a traducirse a través de corcheas, blancas o semifusas. El incesante machaque de un metrónomo innato que se disparó de forma automática determinaría, en adelante, el andar de los pasos, el canto de los pájaros, el sonido de las locomotoras, el trajinar de los automóviles, el cíclico tic tac de los relojes…

El cerebro de Miles comenzó a desandar un laberinto que, sin saberlo, siempre estuvo esperándolo. Solo era cuestión de traspasar sus límites, una sola vibración bastaba para que se desatara la tormenta. El tempo, todo fue el tempo, alturas y variaciones. La vida se convirtió en un pentagrama disfuncional. Cada sonido, cada momento que el mundo parecía ignorar, cada detalle ínfimo de la existencia, se transformaba en su interior bajo la nomenclatura de un compás interminable. Lo que nadie percibía, él, parecía escucharlo cifrado en un sinfín de armonías avasallantes que dominaban sus pensamientos cada día desde el desayuno.

Aquella fue la última, de las tres sesiones de grabación, que completaron el disco Birth of Cool.

Al recuperar las fuerzas, Miles, abandonó el estudio sin saludar. Su mirada, perdida bajo los efectos del narcótico, lo guio de forma azarosa hasta el estacionamiento. Desapareció a bordo de su Ferrari bajando a gran velocidad por la avenida 30. Huyó del amanecer, como si quisiera prolongar la noche hasta el límite de lo interminable. Por primera vez en su vida había algo superior a la música.

La heroína lo haría navegar, por los siguientes diez años, sobre un cálido mar de silencio, una patología se sobreponía sobre otra. El hombre que nunca sonreía, pero era capaz de conmover a una audiencia a través de una sola frase armónica, ocultaría al mundo su adusto rostro durante una década. Encerrado en su departamento, sin mayor contactó con el exterior que su dealer y los cheques que le enviaba la discográfica, mantuvo un silencio desolador que dejaría al jazz desamparado de su figura más influyente, a la deriva, como un género sin alma, sin pasado, pero sobre todo sin futuro.

No había más que crear, figuras que escribir, ni compases que cerrar. Llegó al fin del pentagrama, un punto utópico que ni el mismo Mozart hubiera osado soñar, una coda sufrida y deseada, la necesidad insoportable de evadirse de sí mismo.

 

SEBASTIÁN FONTENLA GIL

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