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CULTURA

23 de julio de 2023

Un pueblo, una casa

La soledad, no la vejez, esa es la verdadera antesala de la muerte, escribió alguna vez la escritora belga Marguerite Yourcenar. Este breve relato de Cecilia Corino, propone el mismo pensamiento en otros términos, desde la infancia perdida donde no había sino futuro hasta la soledad del presente, donde el único recurso disponible es montar la escena del pasado feliz.

Un pueblo, una casa

 

nostalgia en un jardín de enredaderas secas

flores marchitas

plantas deshojadas

silencio en la tarde

bajo un cielo que tiene

el color de la infancia muerta.

Nélida tenía el recuerdo de una infancia llena de niños que jugaban a la pelota en la tranquilidad propia de los pueblos pequeños. Cada tarde, ellos se detenían en su patio a tomar la merienda, sentados junto a la puerta abierta de la cocina. Entraban y salían de la casa a sus anchas, pasando de cerraduras que eran una mera formalidad, como sucedía con las familias vecinas.

El pueblo entero era un hogar; las casas, habitaciones.

Pero el tiempo es inevitable, corre en relojes con una arena finísima que se escurre entre los dedos. Los niños crecieron, el arroz con leche quedó atrás, las discusiones sobre quién había ganado el juego se convirtieron en previsiones del futuro, los sueños, en acciones.

Los niños crecieron, sí, y tuvieron nuevos sueños que perseguir.

Y el pueblo se vació.

Niño tras niño, familia tras familia.

Y Nélida fue la única de sus amigos de la infancia que quedó atrás.

A pesar del silencio que ahora reinaba en el jardín, Nélida mantiene la puerta de la cocina abierta, como su difunta madre solía tenerla a la hora de llamarla para la merienda, y cada tarde, en medio de delirios seniles, escucha las risas de sus amigos de la infancia atravesando el umbral.

                                                                                               

CECILIA CORINO

 

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