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26 de mayo de 2023

Las recolectoras de flores

La industria de la flor cortada es un sector de alta feminización laboral y en Colombia, es una actividad orientada a la exportación.

El mercado de las mujeres que cortan flores

La agroindustria de flores comenzó en Colombia en la década de 1970, principalmente en la Sabana de Bogotá y el oriente antioqueño. Desde entonces, es uno de los sectores más productivos.

Aunque tradicionalmente los empresarios justificaron los contratos flexibles por las dos temporadas altas del año (San Valentín y día de la madre), desde 1990 la producción de flores es constante a lo largo del año; pese a ello, se mantienen contratos flexibles y temporales.

La mayor parte de los estudios en salud de los trabajadores y de las trabajadoras de este sector se basan en el análisis de enfermedades osteomusculares, de piel y ojos. En general, las evidencias muestran que los problemas de salud están asociados a la alta exigencia física en la cadena productiva y a la exposición a tóxicos. Los estudios no tienen en cuenta la división por género del trabajo y, sin embargo, son las mujeres quienes ocupan niveles más bajos que los hombres en actividades manuales, en trabajos a tiempo parcial y en tareas ajustadas sin mucha consideración para conciliar lo laboral y la gestión del hogar. Esta separación del trabajo implica que los riesgos, exposiciones y consecuencias para la salud son diferentes.

Aunque para muchas mujeres empezar a trabajar representó una opción de emancipación económica, hacerlo como floricultoras las ataba al estereotipo de delicadeza femenina (equivocado si analizamos la dureza de su trabajo) y a su funcionalidad por los bajos salarios que se les pagaba. En la actualidad, el acceso desigual a los servicios de salud, la inequidad de puestos y salarios y la doble jornada laboral, deteriora de forma continuada la salud de las mujeres.

 

Desigualdades en las tareas

Hay tres grandes momentos en la producción de flores.

El primero corresponde a la preparación y mantenimiento de la infraestructura mínima que incluye: construcción de invernaderos, arado de la tierra, instalación de sistemas de riego, construcción de «camas» y desinfección del suelo con sustancias químicas y vapor. Principalmente son los hombres los que realizan estas actividades.

La segunda etapa es la del cultivo de la flor, que tiene varias tareas, la mayoría de las cuales requieren una delicadeza alta y una atención y cuidado esmerado, y son desarrolladas, en su mayoría, por mujeres. Este momento incluye la cosecha de los esquejes de la planta madre y su siembra en las camas; el «despunte» de la yema terminal de la planta para estimular el crecimiento de tallos laterales que se convertirán en botones o flores; el «empiole» y «encanaste», que consisten en construir cuadrículas con una cuerda delgada para sostener y guiar los tallos por cada cuadro para que crezcan derechos; el «encauchar» poniendo una banda elástica a cada botón; el «desyerbe» y corte; el apilamiento de los tallos cortados, y el transporte de los tallos a la sala de poscosecha.

En el último momento del proceso, la poscosecha, las mujeres clasifican las flores, hacen los ramos y colocan cauchos elásticos a los tallos y un plástico protector de las flores, actividad llamada «boncheo». Luego, los hombres dan tratamiento sanitario a los ramos, los empacan y conservan en almacenes fríos hasta que se los llevan. Aunque algunas tareas se van tecnificando, muchas siguen condicionando la rutina laboral de las trabajadoras.

Existen otras actividades que no son del proceso productivo, sino de mantenimiento y apoyo como limpiar los baños, calentar los almuerzos, asear las «camas» y los caminos dentro de los invernaderos y recoger la basura. Estas labores las realizan exclusivamente mujeres.

Todas estas tareas tienen consecuencias no muy buenas para la salud. Aunque no puede establecerse que hipertensión, diabetes, asma, gastritis o hemorragias ginecológicas sean causadas por el trabajo, tienden a agravarse por las precarias condiciones en las que este se realiza. La investigación de Hernández Bello, Flórez Flórez y Suárez Morales, autoras del artículo del que se extrae este contenido, se centra en problemas de salud causados por la asociación entre los tres factores señalados: las condiciones físicas y emocionales, las condiciones de trabajo precarias, y, por último, las condiciones de empleo.

 

Intoxicación

La agroindustria de la flor está sujeta a las exigencias sanitarias y estéticas del mercado internacional, por lo que es clave fumigar las flores para controlar plagas y enfermedades y obtener un producto perfecto. Esta tarea de mantenimiento, asignada a los hombres, se realiza con plaguicidas. Por su alta toxicidad, antes de que nadie acceda al cultivo, el lugar debe ventilarse; pero los tiempos de ventilación no se cumplen. La inhalación de sustancias químicas provoca reacciones alérgicas respiratorias o en piel, e incluso intoxicaciones sistémicas.

Estos problemas de salud no son descuidos aislados ni son la causa de una cultura organizacional arriesgada. No respetar el tiempo de ventilación posterior a la fumigación es una decisión que se debe a los altos ritmos de productividad.

En los cultivos también existe la regla (exigida o autoimpuesta) de no perder tiempo en restablecer las condiciones corporales. Como los baños, que además de ser pocos quedan apartados; cuando las mujeres tienen la regla prefieren no «perder» tiempo y, sin salir del cultivo y a escondidas, cambiarse la compresa o el tampón, con el riesgo de adquirir una infección por el contacto directo con residuos tóxicos. Igualmente asumen dicho riesgo cuando se las arreglan para beber agua o comer a escondidas.

La intoxicación es el problema de salud más grave de esa asociación entre minimizar los tiempos requeridos para mantener adecuadas condiciones de trabajo (ventilación, recuperación muscular, hidratación, reposición de energías calóricas o idas al baño) y maximizar los altos ritmos de trabajo. Tal asociación es una forma de producir más plusvalía en forma relativa: acumular capital de forma intensiva mediante el aumento de la productividad.

 

Problemas dermatológicos

La humedad es una condición indispensable para producir flores. Esta se convierte en un problema cuando las trabajadoras permanecen largos períodos en esos lugares húmedos, que son propicios para el crecimiento de hongos en mucosas, pies y manos. Otras causas de dermatitis son el contacto con irritantes químicos o la reacción alérgica a insectos de las plantas, como la diminuta araña roja de la astromelia que genera sarpullidos, ampollas y urticaria en cara, cuello, manos y puede extenderse a todo el cuerpo. El cuadro se agrava si las trabajadoras no cuentan con elementos de protección.

Los problemas de dermatitis asociados al exceso de humedad en los cultivos también se deben al proceso productivo que pone el beneficio económico de la empresa por encima de la salud del trabajador. Como cuentan muchas mujeres del sector: «las flores importan más que las trabajadoras».

 

Problemas respiratorios

Durante la cosecha, cada trabajadora es responsable de múltiples tareas en hasta 150 «camas». Esta sobrecarga se agrava cuando les asignan tareas adicionales a las de su contrato, como muestra el siguiente testimonio: «A mí me ponían a cargar todas las canastas con esquejes: corra, vaya, lleve canastas, traiga basura por acá, escoja lo que sirve, lo que no sirve, vaya por acá, lleve por allá, reparta acá, lleve allá, siembre acá, agáchese allá, vaya y pare matas allá» (Violeta, extrabajadora).

La sobrecarga es mayor en las mujeres porque les piden limpiar baños o calentar la comida, y se agrava al considerar que las tareas se hacen a temperaturas extremas y cambiantes durante un mismo día. La temperatura promedio de la sabana de Bogotá es 14 °C, pero en la madrugada puede llegar a los 0 °C. A lo largo de su jornada laboral son comunes síntomas como sequedad de mucosas y congestión nasal, estornudos, dolor de garganta y rinitis, que pueden desencadenar en serios cuadros infecciosos respiratorios. La multiplicidad de tareas supone para las trabajadoras un aumento del riesgo de enfermedades respiratorias y para el empresariado significa la posibilidad de reducir salarios a costa de no contratar al personal adicional necesario para evitar la sobrecarga.

 

Problemas emocionales: miedo al despido y presión laboral con contratos basura

Desde la década de 1990 la agroindustria floricultora comenzó a cambiar la contratación estable por contratos temporales inferiores a once meses y evitar así el pago de beneficios fiscales a sus trabajadoras. La flexibilidad en los contratos normaliza prácticas de presión laboral. Más aún por las muchas tareas de alta precisión en los cultivos: aplicar las hormonas a los «esquejes» al «enraizar», «encauchar» cada botón para producir la variedad encargada (estrella, arveja o bala) o, también, cortar y remover el material vegetal sobrante. Cualquier “fallo” en esas tareas se percibe como causa de despido o sanción. También aquellas consideradas como pérdidas de tiempo o tiempo malgastado: un minuto más para comer o asistir a una cita médica.

En estas condiciones las trabajadoras terminan autopresionándose para mantener la productividad. De hecho, las sanciones son incorporadas hasta el punto de que las trabajadoras, en lugar de pedir permiso para ir al baño, aguantan esta necesidad y esto puede acarrear infecciones renales.

Bajo el argumento del despido, las prácticas de presión son habituales y se normaliza la sensación de trabajar con miedo, angustia y desconfianza. Las constantes amenazas de quienes supervisan se manifiestan en un deterioro de la salud emocional que puede culminar en cuadros de estrés laboral.

Además, los estados de alerta prolongados, reforzados con un escaso reconocimiento del aporte a la empresa, desencadenan profunda tristeza. Este desánimo derivado del estrés y manifestada en síntomas de irritabilidad desborda el ámbito laboral cuando la llevan a la cotidianidad de sus hogares.

 

Afecciones osteomusculares

En todas las etapas de la producción hay una exigencia biomecánica. En el cultivo, para sembrar los «esquejes», las mujeres deben permanecer arrodilladas o en cuclillas; posturas forzadas y prolongadas que son más frecuentes cuanto más corta es la vida reproductiva de la flor. La misma exigencia se repite al «encanastar» los tallos. Como la altura de la malla varía a medida que crece la planta, la postura es más exigente cuando el tallo es muy pequeño o muy alto. Para no rasgar los pétalos durante el «desbotone/desyeme», es necesario un ejercicio repetitivo de pinza, rápido y de alta precisión.

Durante el corte, la identificación de las flores más aptas supone frecuentes desplazamientos entre «camas». Las mujeres deben cortar estando de pie, manteniendo los brazos a la altura de los hombros y sin soporte. Cuando los tallos alcanzan entre 1,4 y 2 metros, se apoyan en una inestable escalera de madera de la que suben y bajan con un intenso ejercicio de piernas y una postura prolongada sin sentarse o apoyarse. El corte se realizaba hace años con cuchilla que fue reemplazada por cortafríos y tijeras cuya forma, tamaño y peso varía según la flor. La fuerza y la repetición de los movimientos de la mano depende de la altura y dirección del corte. Por todas estas complejidades biomecánicas es común que las trabajadoras sufran síndrome del túnel carpiano.

La astromelia, los girasoles y la campanilla, como son flores que se reproducen sólo una vez, no se cortan, sino que se arrancan en un promedio de 1200 a 2500 tallos por hora. Esta tarea exige fuerza y agarre con la palma. La última tarea del cultivo es apilar las flores en lonas para transportarlas en carros de tracción manual.

En la poscosecha, las trabajadoras deben clasificar la flor según la longitud del tallo, comparándola con un patrón de referencia que hay en la pared de frente; para ello mantienen los brazos a la altura de los hombros de manera prolongada y forzada y están de pie toda la jornada. Luego tienen que hacer los ramos, lo que exige un movimiento rápido y de apertura poco natural de la mano.

Finalmente, el «boncheo» exige mucha fuerza y un agarre fuerte de la mano. Estas condiciones provocan problemas osteomusculares como túnel carpiano, epicondilitis y tendinitis. Sin embargo, es común que las empresas exijan a las trabajadoras seguir con su tarea sin tomar medidas. Esto quiere decir que realizará la misma actividad durante toda la jornada.

Además, para mantener el ritmo trepidante de producción se acorta el tiempo indicado para los ejercicios de recuperación muscular. Las pausas que están reguladas en la ley de seguridad laboral no suelen hacerse porque se consideran una pérdida de tiempo.

 

Soluciones

Los anteriores problemas de salud son recurrentes y los padecen las trabajadoras de las flores de forma colectiva. Algunos están relacionados con la falta de equipo de protección personal y con las deficientes condiciones de infraestructura; otros con la multitud de tareas por la intensificación del trabajo y una escasa plantilla, otros por la extensión de la jornada laboral o el aumento del horario a conveniencia del empleador y otros con prácticas de presión laboral para acrecentar el ritmo de producción.

En general, el interés por reducir el coste total en la producción de flores industrialmente a expensas del ahorro de salarios al no contratar a más personal, a costa de horas extras no remuneradas o compensadas adicionalmente y el ahorro en infraestructura adecuada o equipos de protección convenientes, son mecanismos que permiten a los empresarios acumular ganancias pero con graves consecuencias para la salud de quienes trabajan.

Todo esto, unido a la inestabilidad en los contratos, la imposibilidad para decidir sobre las condiciones de trabajo, el bajo nivel de los salarios y la insuficiencia de derechos legales o la incapacidad de las trabajadoras para ejercerlos, ponen de manifiesto la precariedad del empleo en este sector.

El panorama no es un fenómeno exclusivamente colombiano. En otros países del Sur, productores de flor cortada, ocurre lo mismo; como en Ecuador, Kenia y Etiopía. También aparecen problemas similares en otros productos no tradicionales para exportación en América Latina. Hay estudios sobre la relación entre la pobreza de las mujeres temporeras y su situación precaria en el mercado agrícola del limón y el tabaco en Argentina, de la uva de mesa y el mango en Brasil y de la fruta de exportación en el Valle central de Chile.

La conclusión es la precariedad laboral de las mujeres en el campo debida a las exigencias de los mercados globales y las condiciones de empleo por formas intensivas de producción. Eso sin tener en cuenta el desafío que supone la conciliación entre trabajo productivo en la empresa y trabajo de cuidados en casa; a las extensas jornadas en el cultivo se suman las tareas domésticas y de gestión en los hogares, que contribuyen al aumento de  la carga global de trabajo de las mujeres.

Es necesario continuar visibilizando y denunciando los problemas de salud recurrentes del sector floricultor y de otras actividades agroindustriales, y es fundamental promover intervenciones que tengan en cuenta la disparidad de género en políticas públicas. Cuando se buscan soluciones a los problemas de salud de las trabajadoras del campo se piensa en «volver a la tierra» con la garantía de mejorar su modo de vida. Una idea es escuchar a las organizaciones locales de mujeres que cortan flores. Siempre es así: dar voz a quien conoce de primera mano la situación que se quiere mejorar.

 

Referencia

Hernández-Bello AH, Flórez-Flórez MJ, Suárez-Morales Z (2022). Salud, trabajo y capital: el caso de las mujeres trabajadoras de la agroindustria de flores de Madrid, Colombia, 2019-2020Gerencia y políticas de salud 21, 1–27. DOI: 10.11144/Javeriana.rgps21.stcc

Sobre la autora

Marta Bueno Saz es licenciada en Física y Graduada en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Actualmente investiga en el ámbito de las neurociencias.

Fuente: Las recolectoras de flores

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