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23 de diciembre de 2022

DEFENSA DE LAS “MALAS PALABRAS” (parte 2)

Al proponerme ampliar los conceptos expresados en mi artículo anterior, debo confesar que -como en tantas otras cosas del quehacer diario- se me entrometió el mundial de futbol.

En ese escenario, nuevamente se presenta el tema de las palabras, dando lugar a que se desaten debates, campañas y todo tipo de rotulaciones sobre las expresiones que los/las protagonistas producen.

Ahí surge como insulto la palabra “vulgar”, buscando descalificar una reacción de un jugador que pareciera fuera de lugar. 

Entonces, queda expuesto el protagonismo de los/as comunicadores/as hegemónicos/as al intentar dejar sentado que “vulgar” pasa a estar entre esas malas palabras que implican alta descalificación.

En un país y en un mundo donde la inequidad es reina y señora, lo simple, lo básico, lo popular, lo poco complejo, lo social, LO VULGAR, pasa a instalarse en el desdoroso sitio que, hasta no hace mucho, ocupaban la maledicencia, la deshonestidad o alguna de esas conductas que identifican a malas personas.

Casualmente, o no tan casualmente, esas malas “palabras”  protegen a quienes sólo tienen el poder de ser una altísima proporción de la población, ya hablemos de nuestro país, de nuestro continente o del mundo, y que sólo tienen en la institucionalización de derechos, garantías y protecciones varias su posibilidad de existir con dignidad. 

Esa gente “vulgar” no sale en los diarios ni por TV, pero existe y requiere tener democracia, derechos, participación popular, militancia e ideas, primeramente para subsistir pero, en definitiva, para disfrutar de todo lo que el vivir ofrece.

También se arremete, por ejemplo, contra el romanticismo, buscando que cada persona no ame (“defecto” escasamente productivo), y que sólo sea un instrumento (generalmente descartable) de mecanismos de producción y un consecuente y ávido cliente/comprador.

El intento de aplicar eutanasia a las palabras con “olor a masividad” nos debe llevar a levantar nuestras voces en defensa de los íconos lingüísticos que nos dan esperanza –pero no resignación- en nuestro vivir.

Alentemos la esperanza de que el proyecto de descalificar por medio del lenguaje, anatemizando vocablos integradores, que viene intentándose desde mediados del siglo 20, no triunfe.

Si muchos/as más nos damos cuenta y difundimos el mensaje, tal vez podamos lograrlo.

 

Juancarlos Bejarano Muguruza

 

Parte 1: https://noticiasconenfoque.com.ar/nota/17412/principal.php

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