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CULTURA

13 de noviembre de 2022

Saldar cuentas

Hacia 1591 William Shakespeare escribió Ricardo III, una obra teatral de raíz histórica donde narra cómo Ricardo de York se apropia de la corona inglesa, asesina a propios y extraños y muere en la batalla de Bosworth, en 1485. La noche anterior a la batalla, lo visitan los fantasmas de aquellos a quienes había mandado asesinar que le auguran la desesperación y la muerte. María Isabel Moronta retoma, en este relato, el tema del desfile de los espectros invocados por la conciencia de la culpa, ante la muerte inminente.

 

Saldar cuentas

En sus ojos se había quedado el mar lejano de su pueblo natal, aunque nadie a su alrededor podía notarlo pues permanecían cerrados desde hacía ya quién sabe cuánto.

Los surcos de su piel, blanca, casi transparente, denotaban una larga vida.

Estaba quieta, muy quieta, porque sobre su cuerpo que yacía de espaldas, se paseaban inquietos los espectros del dolor.

Podía reconocerlos. No eran sombras, como en las películas; ni siquiera giraban en una danza macabra. Tenían el rostro de personas a las que había conocido, aunque sus cuerpos etéreos le dejaban saber que solo eran espíritus sin presencia. Sabía que todos querían hacerle daño. El dolor que le infligían era tal que había decidido ignorarlos. Entonces se alejaban, no se iban, se quedaban allí, observando, tal vez esperando la oportunidad para volver a atacar su cuerpo cansado y débil. Ignorarlos no era fácil, pero de repente sentía un agudo pinchazo y tras de él, una calma que le permitía deshacerse de los espectros por algunas pocas horas.

En alguna oportunidad, cuando los espantos se acercaban demasiado, percibía que un fluido frío corría por sus venas alejándolos otra vez. No sabía cuánto tiempo había pasado, los días y las noches se sucedían igualmente negros. En medio de la oscuridad, los rostros conocidos de los espectros se distinguían cada vez más. Allí estaba esa pequeña a la que no le compró la estampita, la mujer a la que no ayudó cuando la vio caída en la calle, aquel hombre que dejó sin trabajo porque después del accidente había perdido una mano. El espíritu de la amiga a la que engañó se acercaba despacio, seguido por el de su padre, con quien no había querido pasar la última Navidad. El desfile era interminable. Nunca los había convocado, no podían hacerle daño, no podían…mientras estuviera conectada al respirador.

                                                                                    

MARÍA ISABEL MORONTA

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