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CULTURA

12 de junio de 2022

UN DON ESPECIAL

La historia que hoy les presentamos, escrita por Olga Barone en un grato tono de comedia costumbrista con final de grotesco discepoliano, da cuenta de un don, que al modo del realismo mágico, le permite a su poseedora obtener información del mundo exterior al margen de los canales sensoriales comunes, y del fenómeno familiar, barrial y colectivo que este atributo extraordinario desata. 

 

UN DON ESPECIAL

Últimamente he leído bastante sobre el potencial que encierra el cerebro humano. Desde María Diamon con su teoría comprobada de que el cerebro, si es estimulado, no envejece, hasta el trastorno del espectro autista donde las personas aún con una discapacidad intelectual pueden desarrollar ciertas habilidades muy por encima de lo normal.

       Esto me recordó a Ernestina Méndez, vecina del barrio de mi juventud, que aunque no se destacaba por tener muchas luces, más bien lo contrario, un día descubrió que tenía una especie de intuición femenina llevada a la máxima potencia. Y era la facultad de detectar a un mentiroso o a un embaucador con sólo tocarle las manos.

       A partir de ese momento, ninguno de sus hijos aceptó una novia sin que antes hubiera pasado por el detector infalible de su madre. Unas cuántas quedaron descartadas sin saber cuál había sido el error o la torpeza cometida para que se las abandonara sin ninguna explicación.

       Los que conocían a Ernestina empezaron a respetarla como al Oráculo de Delfos, y si bien su santuario no estaba a los pies del Monte Parnaso sino en Monte Chingolo, a sus predicciones las consideraban palabra santa.

       En el barrio ya se había difundido la noticia del don tan especial de esta mujer, a tal punto que un mañana al despertar, escuchó como un zumbido de abejas alrededor de su casa. Al espiar por la ventana descubrió asombrada que por lo menos veinte personas hacían fila en su puerta. Cuando abrió se encontró con un racimo de manos, que a la vez sostenían a otras manos, para que las tocara y les dijera si el amigo era amigo, si la novia era fiel, o si el deudor era confiable. Además, predecía días de felicidad o de tristeza a sus vidas y el tema del amor tampoco estaba ausente.

       Así comenzó una nueva etapa en la vida de Ernestina Méndez. Mientras, su hijo mayor colocó rápidamente una caja de zapatos con cien pesos pegados en el fondo, como para inspirar a los concurrentes; el menor trajo del galpón del fondo dos sillones que estaban arrumbados y los acomodó junto a una mesita para darle un tono más distinguido al santuario. En uno se sentaría su madre y en el otro el cliente. Al poco tiempo su marido, al igual que sus hijos, consideraron que no podían dejarla sola con tanta gente extraña, por lo que los tres dejaron sus respectivos trabajos y se turnaron para controlar la caja recaudadora, que vaciaban en sus bolsillos varias veces al día. Ernestina sólo se levantaba para ir al baño, momento en que aprovechaba para picar algo y tomar un vaso de agua para no deshidratarse.

       Ya no venía solamente gente de los alrededores sino que llegaban contingentes con turistas de distintos países, lo que favoreció a varios vecinos que se pusieron a vender distintas artesanías en las veredas de sus casas.  Así fueron pasando los años y ella, que había sido una mujer de contextura fuerte y aspecto rubicundo, fue empalideciendo y volviéndose cada día más frágil.

       Mientras, sus hijos paseaban alegres en coches de alta gama y su marido había hecho varios viajes a Europa en muy buena compañía. La primitiva caja de cartón se convirtió en una especie de cajero automático donde la gente depositaba el pago por su consulta y desde el cual se transfería a cuentas abiertas en paraísos fiscales.

       Todo iba de maravillas, hasta que una mañana su intuición dejó de funcionar al igual que sus piernas y brazos. Sólo una pequeña chispa quedó encendida en su cerebro y fue la que le hizo comprender, aunque ya tarde, que había acertado con todos menos con los que constituían su familia más cercana, su marido y sus hijos. Por suerte no tuvo mucho tiempo para lamentarse.

       En cuanto éstos vieron que su cuerpo y su percepción ya no funcionaban, la tiraron al medio de la calle junto con el sillón.

                                                                                                  

OLGA BARONE

 

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