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CULTURA

8 de mayo de 2022

LA VIEJA CASA

“Ya no se sabe dónde está el centro del recuerdo y cuál es su periferia” postuló alguna vez ese gran
escritor argentino que fue Juan José Saer (1937-2005). En este relato, erigido a la manera de una narración saeriana sobre la base de puros recuerdos, Inés Hernández Igartúa intenta dar cuenta de su temprana infancia en la casona que habitaba con su familia en Morón, logrando un relato coherente desde el centelleo fragmentario de la memoria.

LA VIEJA CASA

Vivíamos en una casa larga, adelante la habitaba con mis padres, en el medio dormía en una habitación enorme llena de espejos con mi abuela, luego estaba la cocina de ella donde preparaba su comida en el fogón de leña, tomaba mate y salía al patio a ver la parra, el ciruelo, las calas. Cuidaba sus macetas y las gallinas Su cocina y su patio era mi lugar preferido, me sentía segura, a la edad de seis años mi refugio era la larga pollera de mi abuela, me agarraba firme mientras ella pasaba sus brazos delgados alrededor de mi cuello. En los alrededores de la casa no se sabía qué podía pasar, que lío había hecho para poner a mi madre tan enojada por eso con la abuela estaba más tranquila. Luego de la cocina de la abuela Ángela seguía el galpón de herramientas y el lavadero, a continuación el fondo con higueras de distintas clases, el duraznero, manzanas, peras, la huerta, el gallinero y el cañizal, el sitio para volcar mis fantasías y el lugar privilegiado donde discurrió mi infancia. Allí llevaba los muñecos para jugar entre las cañas, al rozarlas hacían un sonido y

también encontraba tesoros como herraduras de otro tiempo, los gatos me seguían y olfateaban todo el rato el terreno o jugaban con las hojas secas caídas. A la familia no les gustaba mucho que anduviera sola por la huerta, “cuidado con los tomates, fijate en las lechugas”, me decían porque no paraba de jugar y correr. A veces venía alguna niña del barrio y preparábamos comida de mentira en la choza de cañas. Al atardecer le costaba a mi madre llevarme adentro, aparecía mi abuela con su delgada estampa y gritaba,

“Ninín, vamos adentro!”. Al final yo iba con desgana, pasaba el galpón y la cocina de mi abuela dirigiéndome adelante de la casa donde vivía con mis padres, Mamá sabía de mis gustos y me dejaba, con paciencia me lavaba, me cambiaba la ropa porque de allí salí llena de polvo. Al pasar por el patio le decía a mi abuela, “ahora vengo abuela”, “aquí te espero” me contestaba con una dulce sonrisa.

 

                                                                                                       

INÉS HERNÁNDEZ IGARTÚA

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