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CULTURA

20 de marzo de 2022

PESAR DE MONSTRUO

La literatura está poblada de antiguos monstruos y la imaginación nunca deja de alimentar a estos seres que son hijos del miedo y de la incertidumbre. Los monstruos aparecen ya desde la rica mitología griega poblada de seres fantásticos y en el libro bíblico del Apocalipsis, pero será a partir del siglo XIX, con los mitos creados por la modernidad, como Drácula, Frankenstein y hasta el formidable insecto gigante de Kafka cuando los monstruos se nos presentarán como seres con personalidad propia, atravesados por problemas como casi todo el mundo y llevando una vida en sociedad. En este relato de Alberto Robbio, el monstruo comparte sus pensamientos, opiniones y sentimientos, como lo hacía aquel maravilloso minotauro de Borges en “La casa de Asterión”.

PESAR DE MOUNSTRO

 

¡Ja! Otro cristiano que sale espantado…

Cristiano. ¿Se llamarán así entre ellos sólo por diferenciarse de los otros animales? Suena hasta ridículo.

La verdad, estoy cansado de esta vida… ya no me gusta. ¡Ah! Pero este infeliz se lo merecía. Otra vez fue la casualidad, como si me lo hubiera mandado el que me eligió, no sé si para ponerme a prueba una vez más o para sacarme de mis cavilaciones.

Un trabajo sencillo, bastó sólo mi presencia y apenas esa mirada, que desconozco, sin esfuerzo siquiera y el infeliz salió corriendo para el pueblo olvidando sus pantalones, a quién le explica que me le aparecí yo ¡en plena mañana!, ¿se animará a confesar que pretendía abusar de la muchacha?

¡La muchacha! Pobre, también me revelé a ella… un descuido, descuido de viejo, también los monstruos envejecemos. Qué susto, bueno, efectos colaterales como le dicen ahora para justificar tantos horrores, aunque el mío no califique para el eufemismo.

Se quedó pálida, temblando… pero yo no podía hacer nada, ni siquiera disculparme, sólo desaparecer.

Sí, debo parecer horrible, pero todo lo que sé de mi imagen es por los comentarios que les escucho cuando los espío, pero nada confiables porque, hasta en esas pavadas, no se ponen de acuerdo, será porque el miedo confunde. Tampoco los espejos… las pocas veces que tuve oportunidad de pasar delante de alguno sólo me devolvió el panorama a mis espaldas, cosa que ya sé. Debe ser a propósito para justificar el mito, tal vez porque nosotros, que nos toca trabajar de criaturas abominables y habitamos en las sombras, estemos obligados también a creer lo mismo. Y de todos los sufrimientos, ese, al menos para mí, es el peor. No me disgustaría descubrir un aspecto monstruoso, pero quisiera saber cómo me ven en realidad, me alivia sí, la seguridad de no parecerme a ninguno de ellos, son tan ridículos estos seres, complicados si los hay… llenos de estigmas maliciosos que los corroen y atormentan por dentro. Creo que el peor de todos es el egoísmo… no, la vanidad, sí la vanidad, pero ¿y la envidia? Pucha, si dan pena con tanto vicio, y pierden su tiempo en preocuparse por uno de nosotros teniendo tanto monstruo interior para alimentar, ¿será pobreza de espíritu cuanto más aferrados a una creencia religiosa más nos temen a nosotros? ¿O será que necesitan de nuestra fiereza para tapar la ferocidad de los que llevan dentro?

Sólo cuando niños, sí cuando niños son tan tiernos, ¡es la inocencia! Los escucho gritarme. Será por eso que no nos es dado asustarlos. Me gustaría, saltar y jugar entre ellos… aparecer entre morisquetas y desaparecer, sin causarles temor pero, ¿y mi aspecto? Creo que no debería preocuparme, seguramente esa inocencia los haría verme tal cual soy, un monstruo simpático… ¡uy! que tarde, ya casi es noche y debo recorrer mi territorio, después de todo es mi trabajo, para lo otro tendré que esperar un tiempo más, la próxima centuria, tal vez, cuando una nueva camada nos reemplace y los monstruos viejos podamos disfrutar del descanso merecido.

                                

ALBERTO  ROBBIO

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