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CULTURA

5 de diciembre de 2021

El SOBREVIVIENTE

El comienzo del fin, la llegada de los españoles a territorio americano, la asunción de una identidad; todo esto refiere el protagonista de este relato de Oscar Méndez, sorprendido por la deriva de los hechos pero asumiendo una fuerte decisión final.

El  SOBREVIVIENTE

Lo primero que siento es el olor húmedo de la tierra, tan distinto a la que caminé cuando niño.
Tengo en la cabeza un confuso desorden de olas centelleantes y maderos rompiéndose, y los gritos. Me llegan otros olores como el de los cabos manoseados mil veces por duras manos, o el olor de la brea. Y el viento desguazándolo todo.
A la altura de mis ojos veo briznas de pasto tierno que nace a la sombra de grandes árboles, mezclado con trozos de corteza ablandada por el agua del aire.

Después de un tiempo que no tuvo nada dentro, abro los párpados de plomo y veo una moza. Primero sus piernas fuertes, ahora sus vergüenzas al aire y entonces el líquido caliente que me recorre me grita destemplado que aún estoy vivo.
Lleva el pelo hasta la cintura, negro como la grupa de un hermoso caballo negro. Me ayuda y me habla en una lengua de la que no entiendo una palabra. Solo reconozco la intención.

Luego, en los meses siguientes todo ocurre como en un tablado de saltimbanquis metidos a actores. Vivo con la moza, aprendo el idioma; salvo la vida por nada, mas de una vez. Ella y su mansedumbre me ganan. Comienza ya a importarme su suerte y con el tiempo la suerte futura del niño que acecha en su vientre. Llevo colgantes en manos y orejas, también collar de dientes de tigre y así soy aceptado por esta gente similar a otra gente. (Los comparo con los desaforados tripulantes ahogados).

Una mañana en la que estoy bañándome en el río bajo y limpio, siento en la distancia recta del agua, voces cristianas. Mi primera reacción es esconderme y buscar sin ser visto a los dueños de las voces. Hasta que en un recodo del río los descubro. Están desembarcando entre gritos y risotadas, vestidos como de corte.
Bajan del bote a un anciano emplumado que trae un brazo evidentemente roto. El que parece mandar le pregunta algo y el indio solamente lo mira temblando. Entonces el hombre lo golpea con su espada alhajada, sin demasiada violencia, en la quebradura y el indio grita hasta que se desmaya. 

Yo que había comenzado a lavarme las pinturas y a quitarme los adornos, me los vuelvo a poner y corro, agazapado, sin ningún ruido a prevenir a mi gente, que huyan, que han llegado los españoles.

Oscar Méndez

 

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