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CULTURA

21 de noviembre de 2021

¿Cuántas veces viajó Witold en tren a Morón?

Witold Gombrowicz fue un escritor polaco que vivió 24 años exiliado en la Argentina, de 1939 a 1963; aquí pasó penurias económicas, fue prácticamente ignorado por el establishment literario y escribió la mayor parte de su obra literaria. Solía contar Gombrowicz que una vez en Morón, había ganado un torneo de ajedrez de 14 partidas simultáneas, mientras que por un altavoz salía la música y él circulaba entre las mesas bailando chachachá. A partir de este dato mínimo, María Isabel Moronta imaginó a Gombrowicz, el viaje en tren y un encuentro esencial.

¿Cuántas veces viajó Witold en tren a Morón?

El antiguo Tren del Oeste, ahora renombrado Ferrocarril Sarmiento, arribó a la estación Miserere. Cuando sus puertas por fin se abrieron, una multitud incontrolada pujó para subir y hacerse de un asiento. Eran las seis de la tarde.

Entre el gentío, Sofía, una dama robusta que llevaba casi cuarenta años en su recogido cabello rubio pero veinte en sus profundos ojos azules, logró acomodarse en uno de los bancos de cuerina amarronada. Llevaba la tarea, un enorme atado de camisas para coser. Su trabajo era pegarles cuello y puños y volver a entregarlas unos días después. Repetía esa rutina dos veces por semana, desde que su esposo decidió vender el bar que tenían en un pueblo rural y venirse a Buenos Aires con su numerosa familia a probar una suerte que aún le era esquiva.

Ni bien pudo literalmente “caer” sobre el asiento sintió un peso sobre su cuerpo. Witold, un hombre que por primera vez incursionaba en tamaño viaje en tren, tropezó con el atado de camisas que yacía en el pasillo y fue a dar a su falda. Sofía se sonrojó, lo miró con intención de pedirle disculpas, pero la detuvo la voz del aquel hombre de aspecto refinado profiriendo un severo insulto en otro idioma. Quedó descolocada. Esas palabras no coincidían para nada con aquel caballero de aspecto gentil y bien arreglado. Inmediatamente recordó su niñez en Polonia, donde oía a escondidas a los muchachos del pueblo que se reunían con su hermano mayor. Entonces le soltó una disculpa en el mismo idioma del insulto. Witold, ya perfectamente ubicado a su lado, le sonrió con complicidad.

El tren emprendió su camino y ellos su charla. Quiso el destino que aquel hombre se encontrara con una mujer que había nacido en su misma tierra. Quiso el destino que aquella mujer se encontrara con un poeta.

Muchos conocerán al escritor Witold Gombrowicz, pocos sabrán que aquel día se dirigía a Morón a jugar una simultánea de ajedrez que felizmente ganó mientras danzaba chachachá preso de una rara alegría.

Pocos conocerán a la costurera Sofía, algunos sabrán que ese día llegó a su casa con una sonrisa nueva en el rostro y cantó en su idioma natal mientras cosía camisas.

Entre estación y estación se contaron sus vidas y sus sueños, ese día por casualidad y muchos otros por elección.

Mi abuela Sofía había nacido en Maloszyce, Polonia y dejó esta vida en San Antonio de Padua, un pueblo del Oeste de Buenos Aires más cercano a Morón de lo que puedan creer. Entre las pocas pertenencias que me encomendó encontré el libro “Kronos”, de Witold Gombrowicz, y una dedicatoria de puño y letra de su autor que rezaba: “Este es mi otro diario, el privado, el íntimo, resumen o compendio de mi vida, más feliz cuando la iluminaron tus bellos ojos azules”.

                                                                          

MARÍA ISABEL MORONTA

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