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CULTURA

18 de noviembre de 2021

PROHIBIDO OLVIDAR.

Por: Kary de Temponi

Hoy es mi cumpleaños número ochenta, aunque hubo momentos en los cuales pensé no llegaría a los veinte, mi hermosa familia me rodea, mis dos hijos, Josué y Daniel, sus esposas e hijos están acompañándome en una hermosa velada. Estoy aquí sentado a la mesa, recuerdo los hermosos ojos azules de mi amada esposa, quien murió ya hace dos años, los dos vivimos momentos inolvidables junto a los hijos, hoy sólo me queda su recuerdo.

En un gesto casi instintivo miré mi antebrazo, allí estaba como una maldición el número que me habían tatuado para identificarme, durante tres años no volvería a escuchar mi nombre, sólo aquel número, aún retumba en mi cabeza como el zumbido de las abejas en una colmena. Mi hijo Daniel parecía conocer mis pensamientos, así es que tomó mi mano y en un susurro dijo: "Papá tranquilo..." Los años han pasado, pero aun queda en mi memoria los terribles momentos que viví en aquel campo de concentración.

Mi madre cayó a mis pies y en segundos la sangre corría de su frente al rostro en un santiamén, los sesos se esparcieron detrás de ella, pero antes de que pudiese protestar o abrazarla siquiera fui llevado casi a rastras hasta un vagón del tren que nos conduciría al campo de concentración, allí vería morir a miles de personas.

En ese entonces tenía apenas unos diesisiete años, pasé de un joven vigoroso a un zombi en pocos meses, sin fuerzas y con tanta hambre que me destrozaba el estómago, tuve que comer lo que consiguiese para sobrevivir, ratas, cucarachas y toda clase de insectos o alimañas que encontrase pasaron por mi boca.

Por mucho tiempo no supe lo que era un baño limpio o una buena taza de té. Casi desde el amanecer hasta el anochecer escuchaba la detonación de un arma y el sonido seco de un cuerpo al caer. Vi teñirse el suelo de sangre, de sesos, vísceras y hasta pedazos de huesos por doquier.

Mi alma comenzó a minarse y cuando ya creía que sería el final, cuando ya no me quedaban fuerzas para seguir luchando, cuando mi cuerpo sólo pesaba unos escasos cuarenta kilos, con mis ojos hundidos en las cuencas, sin cabello, la piel llagosa por la sarna y pegada a los huesos, consumido por el hambre, sabiendo que pronto sería llevado a la muerte, sentí unos brazos que me cargaban, y me dije:” David hasta aquí te ayudó Jehová", me entregué, dije "Ya no puedo ni tengo fuerzas para luchar". Aquel hombre me llevaba y sentí caer en mi rostro unas gotas de agua, las saboreé, eran saladas, abrí los ojos y vi como lloraba, como su rostro se compungía, me colocó con delicadeza sobre una loneta, sacó un pañuelo de su bolsillo, lo humedeció con agua y comenzó a pasarlo con sumo cuidado sobre mi rostro, limpiando la mugre y la sangre, el hombre no dejaba de llorar, pensé ¿quién es este hombre, por qué no me mata?, luego vi su bandera, azul, rojo y blanco, él no tuvo que hablar, de todas formas no hubiese podido, el llanto no lo habría dejado. Me dio de beber agua, sentí que mi garganta se tapaba y tosí, aquel hombre me sonrió y al cerrar los ojos por primera vez en tanto tiempo pude dormir de verdad.

Hoy en mi cumpleaños número ochenta, doy gracias a Dios por el regalo que me dio... mi hermosa familia. Al igual que Job perdí todo cuanto tuve, mi familia fue exterminada de la faz de la tierra, sólo yo quedé vivo, pero Jehová me levantó de las cenizas y me dio el doble de lo que tenía.

Cada cumpleaños les hablo a mis hijos y ahora a mis nietos de todo lo que he vivido y siempre les digo que está "Prohibido olvidar".

 

Kary de Temponi

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